domingo, 21 de febrero de 2021

Algunas consideraciones sobre el último parcial

Aprovecho esta entrada para comentar algunos errores que he encontrado en vuestras últimas pruebas evaluables.

- En varios exámenes me encuentro un uso abusivo —y muchas veces erróneo— de las formas «el cual, la cual, los cuales, las cuales». No llevan tilde casi nunca, y generan proposiciones adjetivas que deben ir entre comas. Pero sobre todo, me preocupa que son construcciones que apenas usáis en vuestra vida cotidiana y cuando os lanzáis a emplearlas en mis exámenes, suelen estar mal utilizadas. Es mucho más fácil que empleéis el pronombre relativo QUE, al que estáis mucho más acostumbrados. Y si queréis ponerlas en uso, con un extra de atención y precaución.

- Algo preocupante: hay personas que me ponéis en el tema de Luces de bohemia que es una novela, o llamáis capítulos a sus escenas. Esto es un error grave porque deja traslucir que tenéis un lío bastante serio con los géneros literarios, que son conceptos esenciales de mi materia. En la próxima clase trataré de aclarar estos conceptos con ejemplos, pero prestad atención cuando escribáis el tema de la lectura y que no os bailen estas categorías, por favor.

- También he detectado que tenéis un poco de lío entre lo que es escribirpublicar (un texto) y estrenar (una obra). Lo explicaré también en la próxima clase.

- Hay quien escribe «esque» junto: esto es un error puesto que se trata del verbo «es» y la conjunción «que», por lo que se debe escribir es que...

- En el comentario de texto, hay quien señala como sustantivos valorativos terrorismo o violencia. También aprovecharé una clase para desentrañar qué está pasando ahí.

lunes, 1 de febrero de 2021

Pena de muerte

Esta semana, os copio un poema de Ramón María de Valle-Inclán titulado «Garrote vil» y os enlazo a una canción de Javier Krahe sobre la pena capital (pinchad el enlace). Ya que vamos a debatir sobre nuestros queridísimos verdugos...


 ¡Tan! ¡Tan! ¡Tan! Canta el martillo,
el garrote alzando están,
canta en el campo un cuclillo,
y las estrellas se van
al compás del estribillo
con que repica el martillo:

¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!


   El patíbulo destaca
trágico, nocturno y gris,
la ronda de la petaca
sigue a la ronda de anís,
pica tabaco la faca
y el patíbulo destaca
sobre el alba flor de lis.


   Áspera copla remota
que rasguea un guitarrón
se escucha. Grito de jota
del morapio peleón.
El cabileño patriota
canta la canción remota
de las glorias de Aragón.


   Apicarada pelambre
al pie del garrote vil,
se solaza muerta de hambre.
Da vayas al alguacil,
y con un rumor de enjambre
acoge hostil la pelambre
a la hostil Guardia Civil.


   Un gitano vende churros
al socaire de un corral,
asoman flautistas burros
las orejas al bardal,
y en el corro de baturros
el gitano de los churros
beatifica al criminal.


   El reo espera en capilla,
reza un clérigo en latín,
llora una vela amarilla,
y el sentenciado da fin
a la amarilla tortilla
de yerbas. Fue a la capilla
la cena del cafetín.


   Canta en la plaza el martillo,
el verdugo gana el pan,
un paño enluta el banquillo.
Como el paño es catalán,
se está volviendo amarillo
al son que canta el martillo.

¡Tan! ¡Tan! ¡Tan!








sábado, 16 de enero de 2021

Sabina Urraca

La otra tarde, pensando en el comentario de texto anterior, recordé esta charla TED (son miniconferencias de unos 15 minutos) de Sabina Urraca, autora de Las niñas prodigio, y editora de un libro reciente que me está encantando: Panza de burro de Andrea Abreu. Y he pensado que a lo mejor se pueden poner en relación el texto de Javier Aznar —lo que se espera de Hazard— y esta charla —lo que se esperaba de Sabina—: las expectativas.

https://www.ted.com/talks/sabina_urraca_como_escapar_de_la_nina_prodigio_jan_2017?language=es


Un fragmentito de Panza de burro:


lunes, 11 de enero de 2021

Comentario de texto para el blanco año nuevo (entrega para el viernes 15)

Placeres culpables

Con Mariano ocurre como con esas películas con las que parece que siempre hay que disculparse por adelantado por decir que te gustan. "Es una tontería, pero al final te ríes". Con el delantero del Madrid sucede algo parecido: "Mariano es lo que es, pero mete sus goles". Eso se escucha mucho. Como si el gol fuera un arte menor.

La risa en el cine es muy cara, como lo es el gol en el fútbol. Una vez conocí a un productor de teatro que, sin saber una sola palabra de francés, cada año se iba a París a ver los estrenos y decidía qué obras traía a España contando las risas del público: a partir de cierto número sabía que sería un éxito. Le daba igual si la obra tenía quince premios Molière o si la crítica la había despedazado. "No te hagas líos: la risa es lo que vende". Con Mariano es así. Hay delanteros de arte y ensayo como Benzema, premiados en Sundance, con un estilo propio y que dominan la técnica del plano secuencia; a todos nos gusta decir que nos gusta Benzema. Y luego está Mariano, que es como una película de The Rock: hay peleas, revolcones, empujones, explosiones y pocos mensajes memorables entre líneas. Pero no se siente menos que nadie.

La película que no termina de llegar a nuestras salas es la de Hazard. El "estado de forma óptimo" del belga empieza a ser como un país imaginario o la ínsula de Sancho Panza. Una idea, una utopía, un lugar inalcanzable. Con Eden sucede como con esas cosas especiales que reservas para el momento perfecto, y luego nunca acaba de llegar ese momento, y los meses van pasando, y de repente te encuentras comiendo bombones solo, poniéndote esa colonia para una videollamada o celebrando por todo lo alto el primer gol en un año de Hazard en Valdebebas y sin público. No tengo dudas de que Hazard es buenísimo. Lo que empiezo es a tener dudas de que él mismo se acuerde de que lo es. No sé ya si sufre del síndrome del impostor, o si lo sufro yo, pero desde que firmó por el Madrid me recuerda a ese disco de Guns N’ Roses que iba a ser una gran obra maestra, pero que nunca terminaba de salir, y que cuando finalmente salió, doce años después, ya nadie les estaba esperando. Ni siquiera los componentes de la propia banda.

(Javier Aznar, diario As, 22 de noviembre de 2020)

martes, 22 de diciembre de 2020

Diccionario ideológico de JULIO CASARES

 Os pongo aquí una foto del cuadro sinóptico principal de la primera parte del Diccionario ideológico de la lengua española de Julio Casares, obra magna de nuestra lexicografía. Publicado por Gustavo Gili y cuyo lema reza así: «Desde la idea a la palabra, desde la palabra a la idea». El otro día no la pude proyectar. Como podéis ver, resume todo lo conocido —lo nombrado: «Los límites de mi lenguaje significan los límites de mi mundo» (Wittgenstein, Tractatus; 5.6.)— en 38 epígrafes: abrumadora capacidad de síntesis, a la que podemos poner algún PERO, o podemos discutir, pero es un interesante punto de partida para reflexionar sobre cómo categorizar el universo. (Espero que lo podáis ver bien.)


Felices fiestas




domingo, 1 de noviembre de 2020

Un artículo sobre una realidad que nos circunda y que ignoramos

 

El no-lugar, o cómo las ciudades carecen de identidad

    Los centros comerciales, las autopistas o las estaciones de autobús son 

    espacios en los que las personas no pasan de ser simples usuarios. 

    A pesar de pasar en ellos gran parte de su día, no generan lazos y sus 

    relaciones se basan en el consumo

    Samuel Martínez, eldiario.es, 31 de octubre de 2020

            Si, como se suele decir, los lugares son las personas que los habitan, los no-lugares deberían ser las no-personas que los habitan o, quizás, los lugares que no habitan las personas. Sea como fuere, y más allá del trabalenguas, quien acuñó el término en 1992 fue el antropólogo francés Marc Augé y de él explicó algo así como que un "no-lugar es un espacio intercambiable donde el ser humano permanece en el anonimato".

Dentro de esos sitios de los que, por cierto, una ciudad como Madrid está repleta, las personas nos relacionamos más bien por cuestiones de consumo —de compraventa— y difícilmente establecemos lazos afectivos. Según especifica el propio Augé, si una cara de la moneda es el hogar tradicional —donde los individuos viven, confraternizan, aman, odian y, en definitiva, tienen una identidad—, la otra son los no-lugares, espacios vacíos de significado emocional e identitario. Los centros comerciales, las estaciones de tren, los aeropuertos y el propio Metro son algunas de las localizaciones que cualquier ciudadano visita con frecuencia y en las que, habitualmente, no ejerce más papel que el de usuario. Todas ellas, por tanto, encajan en esa definición de "no-lugar", pero... ¿es posible humanizarlas?

Es una pregunta cuya respuesta deberían compartir antropólogos, sociólogos, arquitectos y expertos en urbanismo. En este caso, Antonio Torres, arquitecto en el despacho de Rafael Moneo, afirma que sí, que esa transición ya se ha producido en varios ámbitos. "Solo hay que pensar en las oficinas, en nuestros puestos de trabajo", aclara. "Las oficinas de los años 80s eran cubículos o mesas separadas, donde los empleados iban a trabajar como autómatas y donde era muy difícil establecer relaciones entre los compañeros".

Sin embargo, hoy por hoy las empresas se han dado cuenta de que "creando un espacio agradable donde apetezca quedarse", fomentando la confianza entre los compañeros y generando lazos entre el propio espacio y el trabajador, los resultados son mejores. Es el ejemplo perfecto de un no-lugar que se ha convertido en un lugar y que ha mejorado la vida de quienes lo ocupaban. Ha sido clave, entonces, que al ritmo que han ido cambiando las necesidades de las empresas, la arquitectura haya sabido modificar la estructura de las oficinas. No hubiera sido posible un cambio sin el otro.

"Un ejemplo parecido", señala Torres, "es el de los centros comerciales". La transición de un no-lugar a un lugar también puede ser generacional. "Los adultos de hoy no entendíamos los centros comerciales como un sitio de ocio o de encuentro", apunta el arquitecto: "Para nosotros eran simplemente espacios de compra y de consumo". En cambio, las generaciones más jóvenes los han provisto de identidad, "se sienten cómodos relacionándose dentro de ellos". No es difícil encontrar, en la actualidad, grupos de adolescentes que en lugar de ubicar su ocio en las calles de los cascos históricos o en entornos abiertos, prefieran la comodidad del centro comercial, donde encuentran una variada oferta recreativa. En este caso, los expertos señalan que la necesidad constante de recibir nuevos estímulos que tienen los nativos digitales es la que los ha llevado a transformar un no-lugar –como hasta ahora era el centro comercial– en un lugar.

El peligro del anonimato

Pero, ¿no otorga el anonimato una cierta comodidad? Antonio Torres recuerda el libro El no-lugar. Una antropología de la sobremodernidad, en el que Marc Augé definía el concepto. "Es cierto que en el anonimato que da el supermercado", reflexiona, "donde solo hay que comunicarse para llevar a cabo una transacción comercial, es fácil sentirse cómodo". Pasar tiempo en un no-lugar permite a los individuos evitar someterse al "desenmascaramiento de su identidad" que ejercen el resto de personas con él, tal y como apunta el propio Augé. Sin embargo, no solo las grandes superficies pueden constituir no-lugares, sino que también las propias calles pueden serlo. "Hay que tener en cuenta que es un concepto flexible", desliza Torres: "Donde yo veo un lugar, porque en él he creado lazos con el espacio y con la gente, puede que tú no lo veas en absoluto".

"Piensa en una estación de Metro", propone. "Un usuario común se monta en el tren, llega a su destino y baja". Lo más probable es que no haya hablado con nadie durante el trayecto, como máximo habrá escuchado "la megafonía que avisa de cada parada". Nada más. Para el resto de los pasajeros, es un usuario sin identidad, imposible generar sentimientos hacia él. "Piensa ahora", sorprende, "en un músico que toca y canta cada tarde a la misma hora en un rincón de la estación". En ese caso, el propio músico le da identidad al espacio y los usuarios del Metro pueden desarrollar algún tipo de lazo emocional con él.

Con todo, si en algo hay acuerdo es que efectivamente los lugares –y los no-lugares– son las personas que los habitan y los frecuentan, aunque también las relaciones que se generan en ellos. Queda claro, al mismo tiempo, que la tendencia se encamina a humanizar esos no-lugares y, en la medida de lo posible, convertirlos en lugares. Al fin y al cabo, todo el mundo se siente más cómodo en una oficina de Silicon Valley que en una gris de los años 80. A todo el mundo le gusta —salvo un lunes a las 8 de la mañana— un buen cantautor en el Metro.

lunes, 26 de octubre de 2020

Comentario de texto para el viernes 30 de octubre

    En una época anterior en que “mi mundo” se disgregaba (se iba a la mierda directamente), hallé cierto consuelo en estudiar la historia cultural de la melancolía. Leí todo lo que caía en mis manos, ensayos clásicos y modernos, investigué para conocerme a mí misma.
    Aunque habitualmente se usa como sinónimo de tristeza o depresión, lo cierto es que es mucho más que una afección del alma o la psique: la melancolía es un concepto vertebrador de épocas enteras y motor de creación, mucho más de lo que se imagina.
    He afirmado entonces y ahora que es, más allá de un síntoma de carácter, una forma de conocimiento del mundo, un visaje del pensamiento: el melancólico, la melancólica, no son seres oscuros abismados u obsesionados con la muerte. Antes, es alguien que conoce profundamente la impotencia del ser humano y el desastre que lo circunda, y aun así insiste en confiar en el futuro; a pesar de tener todas las señales en contra, a pesar de la deriva autodestructiva  y a pesar de sí mismo. Hay ejemplos de guerrilleros melancólicos y de luchadoras melancólicas que fueron, en esencia, seres divididos entre la derrota anticipada y la necesidad de sentir agarre en este mundo.
    Agarre. El melancólico lleva dentro una ausencia. La condición melancólica es la experiencia del agujero metafísico del que brota la tristeza. Lo que anhelamos es eliminar ese hueco que sentimos entre nosotros y las cosas, hacer patente esa vinculación necesaria para respirar y vivir entre nuestros semejantes. Perseguimos aferrarnos a esa interconexión, mantenernos atados al mundo y sus batallas, para no soltarnos en el espacio frío que es la existencia. Ese agujero, esa distancia, se intenta llenar con mil estrategias: solidaridad, ideales, justicia (o hambre de la misma) y nunca se consigue del todo, pero se insiste. Si algo es el melancólico es un tozudo. Mi melancolía favorita está hecha de ese impulso, nacido en el mismo centro del pecho, por acortar la distancia (y el dolor que produce) y comprometerse con el prójimo.
    Prójimo es una palabra bella: similar a vecino, cercano, semejante. Cuando el confinamiento nos impuso esta otra distancia, pensé mucho en esta palabra. “Prójimo” como “cualquiera que se me parece”. Como cualquiera que puede ser infectado. Ellos, yo, no hay distancia para ese pedacito de proteína que nos enferma. Confiar en el prójimo. Cuidar del prójimo. La pandemia podría haber puesto de relieve algo así de evidente, y por un tiempo existió la oportunidad. Pero, a siete meses, muchas de las respuestas políticas y sociales han consistido en lo contrario: desvincularnos.
    Se ha echado la culpa a nacionalidades o grupos raciales, se ha abandonado a los viejos, se han creado campos de encierro para enfermos, se ha dejado a su suerte a villas y guetos, se quiere dividir ciudades en barrios, se ocultan los condicionantes y se lavan las manos. Se insiste en los jóvenes, los niños, en cualquier “otro” intercambiable, repentino y demonizado. Se apela a la “responsabilidad individual” mientras se deshacen uno a uno los lazos que nos corresponde a todos mantener. En esta lenta crisis que se nos echó encima, a algunos les interesa acabar con toda solidaridad.
    La melancolía me arrasa a medida que se patenta ese mundo. La “responsabilidad individual” que afrontamos es esta: reaprender a vivir juntos, impedir que desmantelen los lazos. El melancólico puede vivir en un mundo imperfecto, lo que nadie puede afrontar es un mundo en que “no hay alternativa”.
    (Carolina León, «Elegía de los comeflores melancólicos», El Salto, 22 de octubre de 2020)


Comentario de texto resuelto (por un alumno): «Elegía de los comeflores melancólicos» de Carolina León.

1a) El tema es la reivindicación de la melancolía como forma de solidaridad y vinculación social.

Su estructura es inductiva, puesto que la tesis sobre lo que se piensa de la melancolía se focaliza al final; y con progresión de tema evolutivo.

1b) En su estructura, el texto está formado por 39 líneas dispuestas en prosa y divididas en siete párrafos no demasiado extensos.

En cuanto al plano fónico-gráfico, se caracteriza por una enunciación fundamentalmente enunciativa, entrecortada con algunos breves paréntesis aclaratorios, y el uso de comillas para destacar palabras.

Para continuar con el plano léxico-semántico, se puede observar la presencia de varios campos semánticos relacionados con el tema del texto: uno relativo a lo emocional («tristeza, depresión, psique, melancolía») y otro ligado al valor de la solidaridad («prójimo, vecino, cuidar, solidaridad»). Por otra parte, se aprecia que el registro del texto es estándar, si bien con alguna expresión coloquial —por no decir vulgar— como la de la línea 1, o algunas palabras cultas, como «visaje» o «afección». Aunque en el resto del escrito abunda un léxico abstracto, propio de un texto argumentativo en el que, además, son importantes las funciones representativa y expresiva. Algunas expresiones connotativas, precisamente, también aportan subjetividad al texto: «mi mundo», «guerrilleros melancólicos», «pedacito de proteína»... Reflexión aparte merece el título del texto, donde aparece el término «comeflor», claramente valorativo: persona soñadora, hippie, que intenta llevarse bien con todo el mundo.

Ya en el plano morfosintáctico, se puede destacar la abundancia de verbos en forma impersonal («se quiere, se insiste, se apela») o el uso de pasivas reflejas («se ha echado, se usa, se deshacen»). Más allá de ello se pueden encontrar terceras personas («lleva, circunda») y, sobre todo, el verbo copulativo «es». Estas características sintácticas descritas aportan un tono impersonal que trata de dar visos de objetividad a lo que plantea la autora; sin embargo, también existen marcas de subjetividad, como el uso de la primera persona —tanto de singular como de plural— («hallé, investigué, he afirmado, perseguimos»...). Por otro lado, en cuanto a los tiempos verbales empleados, se hallan numerosos verbos en presente atemporal («es, hay, perseguimos»), pretérito perfecto compuesto —lo que denota que trata ciertos temas y hechos actuales— («he afirmado, ha echado, han creado») y, en menor medida, otros tiempos del pasado, como el pretérito perfecto simple («hablé») o el pretérito imperfecto («disgregaba», «iba», «caía») cuando habla sobre experiencias personales.

Por último, en lo tocante al plano pragmático-textual, se pueden encontrar diversos mecanismos de cohesión, tales como la elipsis (entre las líneas 5 y 7, la palabra melancolía no aparece pero el párrafo trata sobre este concepto), la repetición (la palabra anterior aparece siete veces; y la palabra «prójimo» cinco veces). En cuanto a la deixis, se encuentra una externa al final del quinto párrafo: «en siete meses», que hace referencia a todo el periodo de la pandemia si contamos hacia atrás desde la fecha de publicación del artículo (22 de octubre). Otra externa importante es cuando se refiere a «algunos» hacia el final del sexto párrafo, que remite a las personas que no buscan una respuesta solidaria a la actual crisis. Deixis interna anafórica como el «lo» de «el desastre que lo circunda» que remite a «ser humano». Hay pocos marcadores textuales: alguno temporal y el «Aunque» que abre el párrafo 2, que es de oposición. Asimismo, el texto tiene una serie de inferencias, esto es, de información que la autora da por supuesta, por ejemplo, en el penúltimo párrafo se alude a los acontecimientos sobrevenidos por la pandemia, y en la última línea, la afirmación totalizadora «no hay alternativa» como muestra de la visión que mucha gente tiene del mundo, pronunciada por Margaret Thatcher unos cuarenta años atrás.

En cuanto a los elementos estilísticos, se puede mencionar que dos párrafos empiezan analizando la palabra con la que han acabado el anterior, generando un efecto cascada. O los símiles con los que se vincula la palabra «prójimo». Bastante literario es el título, en el que se menciona una subgénero de la lírica como es la elegía.

1c) Se trata de un texto argumentativo, ya que, por todo lo analizado anteriormente, se puede concluir que la función predominante es la expresiva (visión particular de la autora sobre lo que es la melancolía), la apelativa (emplea bastante el pronombre «nos» para hacernos partícipes de lo que plantea) y el objetivo del texto es la defensa de una tesis: la importancia de la melancolía en la sociedad actual y como constructora de solidaridad).

Por otra parte, en cuanto a la tipología textual, se ve que es un artículo de opinión, puesto que aparece publicado en El Salto, tiene una extensión relativamente grande y expresa las ideas de la autora sobre un asunto no exactamente actual. No obstante, precisamente por este carácter abstracto (casi filosófico) de lo que sostiene, podría encuadrarse en el ámbito humanístico.

2) En primer lugar, la autora describe su visión particular del concepto de melancolía, como punto de partida de su argumentación. Después analiza las características de los melancólicos, reivindicando su valor. Prosigue su análisis señalando los valores de cohesión social que da la melancolía, más en el actual escenario epidemiológico, y criticando ciertas actitudes insolidarias. Finalmente, concluye con una visión en la que destaca el valor solidario de la melancolía como única respuesta posible.