viernes, 29 de noviembre de 2019

Homenaje a Natalia

Julio Cortázar
(1914-1984)


No se culpe a nadie
(Final del juego, 1956)


         El frío complica siempre las cosas, en verano se está tan cerca del mundo, tan piel contra piel, pero ahora a las seis y media su mujer lo espera en una tienda para elegir un regalo de casamiento, ya es tarde y se da cuenta de que hace fresco, hay que ponerse el pulóver azul, cualquier cosa que vaya bien con el traje gris, el otoño es un ponerse y sacarse pulóveres, irse encerrando, alejando. Sin ganas silba un tango mientras se aparta de la ventana abierta, busca el pulóver en el armario y empieza a ponérselo delante del espejo. No es fácil, a lo mejor por culpa de la camisa que se adhiere a la lana del pulóver, pero le cuesta hacer pasar el brazo, poco a poco va avanzando la mano hasta que al fin asoma un dedo fuera del puño de lana azul, pero a la luz del atardecer el dedo tiene un aire como de arrugado y metido para adentro, con una uña negra terminada en punta. De un tirón se arranca la manga del pulóver y se mira la mano como si no fuese suya, pero ahora que está fuera del pulóver se ve que es su mano de siempre y él la deja caer al extremo del brazo flojo y se le ocurre que lo mejor será meter el otro brazo en la otra manga a ver si así resulta más sencillo. Parecería que no lo es porque apenas la lana del pulóver se ha pegado otra vez a la tela de la camisa, la falta de costumbre de empezar por la otra manga dificulta todavía más la operación, y aunque se ha puesto a silbar de nuevo para distraerse siente que la mano avanza apenas y que sin alguna maniobra complementaria no conseguirá hacerla llegar nunca a la salida. Mejor todo al mismo tiempo, agachar la cabeza para calzarla a la altura del cuello del pulóver a la vez que mete el brazo libre en la otra manga enderezándola y tirando simultáneamente con los dos brazos y el cuello. En la repentina penumbra azul que lo envuelve parece absurdo seguir silbando, empieza a sentir como un calor en la cara aunque parte de la cabeza ya debería estar afuera, pero la frente y toda la cara siguen cubiertas y las manos andan apenas por la mitad de las mangas, por más que tira nada sale afuera y ahora se le ocurre pensar que a lo mejor se ha equivocado en esa especie de cólera irónica con que reanudó la tarea, y que ha hecho la tontería de meter la cabeza en una de las mangas y una mano en el cuello del pulóver. Si fuese así su mano tendría que salir fácilmente, pero aunque tira con todas sus fuerzas no logra hacer avanzar ninguna de las dos manos aunque en cambio parecería que la cabeza está a punto de abrirse paso porque la lana azul le aprieta ahora con una fuerza casi irritante la nariz y la boca, lo sofoca más de lo que hubiera podido imaginarse, obligándolo a respirar profundamente mientras la lana se va humedeciendo contra la boca, probablemente desteñirá y le manchará la cara de azul. Por suerte en ese mismo momento su mano derecha asoma al aire, al frío de afuera, por lo menos ya hay una afuera aunque la otra siga apresada en la manga, quizá era cierto que su mano derecha estaba metida en el cuello del pulóver, por eso lo que él creía el cuello le está apretando de esa manera la cara, sofocándolo cada vez más, y en cambio la mano ha podido salir fácilmente. De todos modos y para estar seguro lo único que puede hacer es seguir abriéndose paso, respirando a fondo y dejando escapar el aire poco a poco, aunque sea absurdo porque nada le impide respirar perfectamente salvo que el aire que traga está mezclado con pelusas de lana del cuello o de la manga del pulóver, y además hay el gusto del pulóver, ese gusto azul de la lana que le debe estar manchando la cara ahora que la humedad del aliento se mezcla cada vez más con la lana, y aunque no puede verlo porque si abre los ojos las pestañas tropiezan dolorosamente con la lana, está seguro de que el azul le va envolviendo la boca mojada, los agujeros de la nariz, le gana las mejillas, y todo eso lo va llenando de ansiedad y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver sin contar que debe ser tarde y su mujer estará impacientándose en la puerta de la tienda. Se dice que lo más sensato es concentrar la atención en su mano derecha, porque esa mano por fuera del pulóver está en contacto con el aire frío de la habitación, es como un anuncio de que ya falta poco y además puede ayudarlo, ir subiendo por la espalda hasta aferrar el borde inferior del pulóver con ese movimiento clásico que ayuda a ponerse cualquier pulóver tirando enérgicamente hacia abajo. Lo malo es que aunque la mano palpa la espalda buscando el borde de lana, parecería que el pulóver ha quedado completamente arrollado cerca del cuello y lo único que encuentra la mano es la camisa cada vez más arrugada y hasta salida en parte del pantalón, y de poco sirve traer la mano y querer tirar de la delantera del pulóver porque sobre el pecho no se siente más que la camisa, el pulóver debe haber pasado apenas por los hombros y estará ahí arrollado y tenso como si él tuviera los hombros demasiado anchos para ese pulóver, lo que en definitiva prueba que realmente se ha equivocado y ha metido una mano en el cuello y la otra en una manga, con lo cual la distancia que va del cuello a una de las mangas es exactamente la mitad de la que va de una manga a otra, y eso explica que él tenga la cabeza un poco ladeada a la izquierda, del lado donde la mano sigue prisionera en la manga, si es la manga, y que en cambio su mano derecha que ya está afuera se mueva con toda libertad en el aire aunque no consiga hacer bajar el pulóver que sigue como arrollado en lo alto de su cuerpo. Irónicamente se le ocurre que si hubiera una silla cerca podría descansar y respirar mejor hasta ponerse del todo el pulóver, pero ha perdido la orientación después de haber girado tantas veces con esa especie de gimnasia eufórica que inicia siempre la colocación de una prenda de ropa y que tiene algo de paso de baile disimulado, que nadie puede reprochar porque responde a una finalidad utilitaria y no a culpables tendencias coreográficas. En el fondo la verdadera solución sería sacarse el pulóver puesto que no ha podido ponérselo, y comprobar la entrada correcta de cada mano en las mangas y de la cabeza en el cuello, pero la mano derecha desordenadamente sigue yendo y viniendo como si ya fuera ridículo renunciar a esa altura de las cosas, y en algún momento hasta obedece y sube a la altura de la cabeza y tira hacia arriba sin que él comprenda a tiempo que el pulóver se le ha pegado en la cara con esa gomosidad húmeda del aliento mezclado con el azul de la lana, y cuando la mano tira hacia arriba es un dolor como si le desgarraran las orejas y quisieran arrancarle las pestañas. Entonces más despacio, entonces hay que utilizar la mano metida en la manga izquierda, si es la manga y no el cuello, y para eso con la mano derecha ayudar a la mano izquierda para que pueda avanzar por la manga o retroceder y zafarse, aunque es casi imposible coordinar los movimientos de las dos manos, como si la mano izquierda fuese una rata metida en una jaula y desde afuera otra rata quisiera ayudarla a escaparse, a menos que en vez de ayudarla la esté mordiendo porque de golpe le duele la mano prisionera y a la vez la otra mano se hinca con todas sus fuerzas en eso que debe ser su mano y que le duele, le duele a tal punto que renuncia a quitarse el pulóver, prefiere intentar un último esfuerzo para sacar la cabeza fuera del cuello y la rata izquierda fuera de la jaula y lo intenta luchando con todo el cuerpo, echándose hacia adelante y hacia atrás, girando en medio de la habitación, si es que está en el medio porque ahora alcanza a pensar que la ventana ha quedado abierta y que es peligroso seguir girando a ciegas, prefiere detenerse aunque su mano derecha siga yendo y viniendo sin ocuparse del pulóver, aunque su mano izquierda le duela cada vez más como si tuviera los dedos mordidos o quemados, y sin embargo esa mano le obedece, contrayendo poco a poco los dedos lacerados alcanza a aferrar a través de la manga el borde del pulóver arrollado en el hombro, tira hacia abajo casi sin fuerza, le duele demasiado y haría falta que la mano derecha ayudara en vez de trepar o bajar inútilmente por las piernas, en vez de pellizcarle el muslo como lo está haciendo, arañándolo y pellizcándolo a través de la ropa sin que pueda impedírselo porque toda su voluntad acaba en la mano izquierda, quizá ha caído de rodillas y se siente como colgado de la mano izquierda que tira una vez más del pulóver y de golpe es el frío en las cejas y en la frente, en los ojos, absurdamente no quiere abrir los ojos pero sabe que ha salido fuera, esa materia fría, esa delicia es el aire libre, y no quiere abrir los ojos y espera un segundo, dos segundos, se deja vivir en un tiempo frío y diferente, el tiempo de fuera del pulóver, está de rodillas y es hermoso estar así hasta que poco a poco agradecidamente entreabre los ojos libres de la baba azul de la lana de adentro, entreabre los ojos y ve las cinco uñas negras suspendidas apuntando a sus ojos, vibrando en el aire antes de saltar contra sus ojos, y tiene el tiempo de bajar los párpados y echarse atrás cubriéndose con la mano izquierda que es su mano, que es todo lo que le queda para que lo defienda desde dentro de la manga, para que tire hacia arriba el cuello del pulóver y la baba azul le envuelva otra vez la cara mientras se endereza para huir a otra parte, para llegar por fin a alguna parte sin mano y sin pulóver, donde solamente haya un aire fragoroso que lo envuelva y lo acompañe y lo acaricie y doce pisos.

lunes, 11 de noviembre de 2019

Comentario de texto para el martes 12 de noviembre


Si hemos entendido bien el anuncio lanzado estos días por Coca-Cola a toda página, resulta que Coca-Cola no es Coca-Cola, de ahí que carezca de responsabilidades en los despidos que Coca-Cola pretendía llevar a cabo en algunas de sus plantas embotelladoras. Jamás se nos pasó por la cabeza, la verdad, que Coca-Cola no fuera Coca-Cola. Nunca el capitalismo indefinido se había expresado con esta claridad. Pero tal es el quid de la cuestión. Las grandes marcas, sin dejar de ser ellas, podrán no serlo en el futuro cuando las circunstancias así lo requieran. Es como si yo, que soy Juan José Millás, dejara de serlo cuando me pillaran atracando una mercería. Tras la acusación policial, lanzaría un comunicado de siete u ocho puntos explicando a la opinión pública que Juan José Millás no es Juan José Millás. Pidan ustedes responsabilidades por el atraco a la planta embotelladora de Juan José Millás.
Ahora bien, mucho me temo que esta nueva modalidad de existencia consistente en ser y no ser al mismo tiempo quedará reservada para las grandes fortunas. Las clases medias no dispondremos de medios para el alquiler de avatares que nos hagan el trabajo sucio. Si usted necesita romper con su cónyuge tendrá que hacerlo sin intermediarios. No le será posible ser sustituido por una planta embotelladora contratada para estos fines. No podrá solicitar el divorcio asegurando que usted, Francisco López García, por poner un ejemplo, no es Francisco López García en el momento de la ruptura. “Yo soy el que soy”, le dijo Dios a Moisés. Esta frase posee una carga semántica de tal naturaleza que ha recorrido los siglos siendo objeto de multitud de interpretaciones. Nadie había sido capaz de superarla. Nadie, excepto Coca-Cola, que al decir “Yo soy la que no soy”, ha colocado el listón en un lugar imposible de superar incluso para Dios.
(Juan José Millás: "Yo soy el que soy", El País, 21 de febrero de 2014)

viernes, 8 de noviembre de 2019

SALVADOR DALÍ & LAS MENINAS

«Si se hubiera quemado el Museo del Prado, ¿qué hubiese salvado usted?»
«Dalí se llevaría nada menos que el aire, y específicamente el aire contenido en Las Meninas de Velázquez, que es el aire de mejor calidad que existe.»
https://www.youtube.com/watch?v=WG3wuWS6K9c
Una anécdota curiosa para el tema de la generación del 27.

jueves, 17 de octubre de 2019

Comentario de texto A (resuelto)

    Ahora que el dolor y los nombres de los heridos y los muertos dejan paso a las preguntas, la necesidad de explicaciones y las reparaciones, ahora, que es el momento para que hablen los políticos y los gobernantes (y no antes, cuando la atención y las medidas debían centrarse en las víctimas), ahora es el tiempo para reflexionar sobre los porqués. No el mayor y más desgarrador, por qué a esa hora, por qué ese hombre, esa muchacha, por qué el fin de una vida joven y sin culpas mayores. No existe razón para ninguno de esos doscientos muertos, ni para la amputación bárbara de pies y manos, ni para el recuerdo perenne de los vagones retorcidos. No la hay, salvo que la vida es imprevisible y cruel pese a nuestras construcciones imaginarias y nuestros consuelos de rutina y tranquilidad, que sabemos que habrá un fin pero no tenemos el menor poder para preverlo o atenuarlo.
    Sin embargo, si como algunas de las pruebas apuntan, como la mayor parte de los diarios internacionales parecen creer, nos encontramos frente a un atentado islamista, habrá otros porqués; los terroristas habrán pasado por alto las manifestaciones populares, el no a la guerra de hace un año, para vengarse de la decisión política que se tomó sin escuchar el rechazo general, y eso nos los hará aún más crueles y sanguinarios. Como españoles, la mayor parte de nosotros podíamos comprender el odio y el ataque a los estadounidenses, no hacia nosotros. Pero nada real hicimos para detener esa guerra. No exigimos un referéndum, no se paralizó el país durante días, ni siquiera se censuró esa política en las elecciones municipales. Quizás porque la catarsis de las manifestaciones masivas nos dejó satisfechos, quizás porque tradicionalmente somos un pueblo pasivo, resignado a los tejemanejes políticos y poco participativos. Quizás porque las posibilidades de inversión en Afganistán e Iraq eran tan interesantes que no se podía prestar atención a ninguna queja.
    Fuimos parte agresora en esa guerra, con una actitud muy similar a la de los americanos; lamentábamos las víctimas, pero se libraba lejos de nuestro territorio. Y la percepción de sentirnos en contra, de habernos mostrado en contra, nos hacía desvincularnos de las decisiones políticas, como si los españoles que colaboraban con Inglaterra y EE UU no fuéramos nosotros.
    Lo éramos, y al participar en esas matanzas nos pusimos en peligro. Nunca se entra en una guerra impunemente. Nada puede justificar una muerte, pero por ello mismo todas las muertes son iguales. La del afgano y la del Pozo. La del niño iraquí y la del bebé número 199.
    No nos lo merecíamos, pero no somos una sociedad inocente. Sí ciega, sí poco reflexiva, sí ensoberbecida con nuestros pequeños logros en el mundo. Michael Moore, en sus dos ensayos sobre la política estadounidense habla de cómo los americanos no acaban de entender por qué el resto del mundo les odian. Nosotros, al parecer, tampoco lo comprendemos: por desgracia, por nuestra culpa, tienen muchas razones.
(Espido Freire, «Ceguera», La Razón)

1a
El tema es la responsabilidad de España sobre su participación en la guerra de Iraq y el posterior atentado terrorista del 11M.
La estructura del texto es inductiva, puesto que la tesis se presenta al final.

1b
En la estructura externa observamos varios párrafos (cada vez más cortos) escritos en prosa, y, entre paréntesis, el nombre de Espido Freire, emisora del texto, el título y el periódico donde fue publicado.
Para seguir con la estructura interna, en el plano fónico-gráfico observamos un paréntesis en el primer párrafo, que emplea la autora para hacer unas aclaraciones; predomina la entonación enunciativa, aunque hay algunas oraciones dubitativas que evidencian la función expresiva —lo que sirve a la argumentación—, junto a interrogativas indirectas —que, con su función apelativa, también contribuyen a argumentar.
Continuando con el plano léxico-semántico, observamos el uso de términos cargados connotativamente (matanzasdesgracia) y una adjetivación valorativa (pasivo, desgarrador) sirven para mostrar la subjetividad de la autora y tanto su rechazo ante la ceguera de la sociedad española como su tristeza ante los acontecimientos del atentado del 11 de marzo de 2004. Además aparecen una gran cantidad de sustantivos abstractos (dolor, culpa) que hacen visible el carácter generalizador de la reflexión de Espido Freire, lo que acerca este texto al ensayo. Aparecen varios nombres propios (Michael Moore, Inglaterra, Afganistán) y gentilicios, rasgos propio de textos periodísticos, ya que sitúan al lector en el contexto de su realidad. El registro empleado es estándar, con alguna palabra menos común (como catarsis) pero, en general, el lenguaje necesario para que los lectores entiendan el texto. Hay diversos campos semánticos como el de la guerra o el terrorismo (atentado, sanguinario, heridos, víctimas...), el de la política (gobernantes, políticos, referéndum), que dan cohesión al conjunto.
En cuanto al plano morfosintáctico, encontramos diversos aspectos interesantes: en primer lugar, el uso de la primera persona del plural en pronombres (nos) y verbos (podíamos), con los que la autora hace partícipes a los lectores de sus ideas —función apelativa, texto argumentativo—. En cuanto a los tiempos verbales usados, destaca algún presente atemporal (es) con el que Espido Freire reviste sus propias opiniones como verdades irrefutables, así como la abundancia del pretérito perfecto simple (hicimos) y el pretérito imperfecto (merecíamos) para conectar el pasado con el presente. La sintaxis es compleja: hay yuxtaposición, coordinación y subordinación para hilar mediante razonamientos lógicos el discurso, y que resulte bello y elaborado.
En el plano pragmático-textual, podemos decir que es un texto coherente, puesto que tiene tema y estructura, adecuado, por tratarse de la opinión reflexiva de una escritora en un diario español y ser un asunto de interés (especialmente cuando se publicó, puesto que los atentados del 11M eran un suceso reciente), y está cohesionado de diferentes maneras. En primer lugar, mediante los mencionados campos semánticos, así como repeticiones (guerra, cruel), deixis externas (ahora) e internas anafóricas (pronombre la en la línea 6), y marcadores textuales, entre los que destacan los adversativos (pero, sin embargo) característicos —de nuevo— de la argumentación. Emplea asimismo el argumento de autoridad cuando cita a Michael Moore casi al final. La relación emisor-receptor es la de una autora que incluye, e incluso intenta provocar cierto sentimiento de culpa, o dudas, en sus potenciales lectores (españoles) sobre quién tuvo la culpa de aquellos atentados, o si la ciudadanía no supo aceptar/reconocer su responsabilidad en el conflicto armado con Iraq.
En cuanto a las inferencias, el final del segundo párrafo está cargado de ellas: ¿somos los españoles tan indolentes y pasivos, como plantea la autora? ¿Qué es lo «real» que podríamos o tendríamos que haber hecho para impedir la guerra?, ¿hubiera servido de algo...? Estas preguntas darían para varios comentarios de texto aparte.
El texto, que está dotado de un visible carácter literario —rasgo que comparte con el ensayo—, presenta unas cuantas figuras literarias. Entre ellas, varias enumeraciones como la del primer párrafo con el adverbio ahora. Paralelismos, como en la línea 21, polisíndeton en la 5, y anáforas como la del final del segundo párrafo. Todo ello contribuye a remarcar el estilo literario de la autora, que es una conocida novelista, ganadora del premio Planeta en 1999, para hacer más atractivo su escrito.

1c
La modalidad del texto, sostenida en la subjetividad de sus argumentos, el uso connotativo del lenguaje, la inclusión de los lectores mediante la 1.ª persona, y mucho de lo analizado en la pregunta anterior, es argumentativa. En cuanto a la tipología, se trata de un texto periodístico, ya que apareció publicado en La Razón, diario español de tirada nacional, y por su extensión, se puede afirmar que se trata de un artículo de opinión.

2
Espido Freire comienza haciendo referencia a la injusta pero inevitable desgracia que significaron los atentados islamistas del 11M. Después reflexiona sobre las causas de dicho suceso. Para ella la respuesta está en la inconsciencia de los españoles (ciudadanía y clase dirigente) ante lo que suponía apoyar la guerra de Iraq. No rechazar esas operaciones militares nos hizo cómplices de dicho conflicto, y por lo tanto, las consecuencias terroristas no debían sernos ajenas.

domingo, 13 de octubre de 2019

Comentario de texto para el martes

¿Qué es lo privado en nuestros días? Una de las involuntarias consecuencias de la revolución informática es haber volatilizado las fronteras que lo separaban de lo público y haber confundido a ambos en una representación en la que todos somos a la vez espectadores y actores, en la que recíprocamente nos lucimos exhibiendo nuestra vida privada y nos divertimos observando la ajena en un strip tease generalizado en el que nada ha quedado ya a salvo de la morbosa curiosidad de un público depravado por la frivolidad.
La desaparición de lo privado, el que nadie respete la intimidad ajena, el que ella se haya convertido en un espectáculo que excita el interés general y haya una industria informativa que alimente sin tregua y sin límites ese voyerismo universal es una manifestación de barbarie. Pues con la desaparición del dominio de lo privado muchas de las mejores creaciones y funciones de lo humano se deterioran y envilecen, empezando por todo aquello que está subordinado al cuidado de ciertas formas, como el erotismo, el amor, la amistad, el pudor, las maneras, la creación artística, lo sagrado y la moral.
Que los gobiernos elegidos en comicios legítimos puedan ser derribados por revoluciones que quieren traer el paraíso a la tierra (aunque a menudo traigan más bien el infierno), qué remedio. O que lleguen a surgir conflictos y hasta guerras sanguinarias entre países que defienden religiones, ideologías o ambiciones incompatibles, qué desgracia. Pero que semejantes tragedias puedan llegar a ocurrir porque nuestros privilegiados contemporáneos se aburren y necesitan diversiones fuertes y un internauta zahorí como Julian Assange les da lo que piden, no, no es posible ni aceptable.
(Mario Vargas Llosa, «Lo privado y lo público», El País, 16/I/2011)

domingo, 6 de octubre de 2019

MÁRGENES y FALTAS FRECUENTES

Una puntualización que quiero hacer sobre los márgenes.
Cuando os digo que en mis exámenes (y por consiguiente, en las entregas de textos argumentativos y comentarios de texto —que son ejercicios que luego caen en dichos exámenes—) tenéis que dejar muy poco margen, lo digo porque en la prueba de Lengua castellana y Literatura II (EVAU) el papel de que disponéis es escaso —4 caras— y hay que aprovecharlo al máximo; de lo contario, no os entrarán todos los contenidos que hay que volcar en esta prueba.
Esto no quiere decir que sea el margen que hay que dejar, generalmente, al presentar textos formales de otro tipo: trabajos, cartas, currícula, etc. Sino que es el margen mínimo que os pido que dejéis para (de)mostrar que habéis dejado un espacio de cortesía, pero que no podéis dejar más espacio por una cuestión de «supervivencia» académica.
De tal modo, que el margen izquierdo para mis pruebas debe ser de entre 7 y 10 milímetros. El margen derecho puedo ser, incluso, menor: entre 4 y 7 mm.
Un margen apropiado, elegante, para otro tipo de textos puede estar en los 20 milímetros, aproximadamente, en el lado izquierdo. Y de 7 a 10 en el margen derecho. Arriba, entre 10 y 20 milímetros.

Además, aprovecho para recordar algunas faltas de ortografía que me encuentro con frecuencia:
1. «Sobre todo» (locución adverbial) se escribe separado; se puede escribir junto cuando es sustantivo —prenda de vestir— pero me temo que casi nunca lo usáis con esta acepción.
2. Repasad los usos de «sino» y «si no» (o recordádmelo y lo vemos en clase), por favor.
3. Lo mismo con los cuatro tipos de «por qué», «porque», «porqué», «por que». Miradlo en algún manual de ortografía, o lo repaso yo en clase, pero no lo dejéis pasar porque me sigo encontrando errores con estas palabras.
4. Repasad las reglas de acentuación de diptongos e hiatos. Se os siguen olvidando muchas tildes a este respecto, y esto supone muchos puntos perdidos.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Comentario de texto para el viernes 4 de octubre

EL ASCENSO CHINO

China ha experimentado una profunda transformación en los últimos 70 años. Desde que Mao Zedong proclamara la República el 1 de octubre de 1949 en un paisaje de miseria y desolación posterior a una larga etapa de guerras y revoluciones, hasta hoy, cuando ha sacado de la pobreza a centenares de millones de sus habitantes, se ha situado en cabeza de las tecnologías de inteligencia artificial y se ha convertido en una superpotencia económica y comercial capaz de desafiar la hegemonía de Estados Unidos.

El ascenso de China se ha traducido también en una abierta ambición hegemónica asiática, especialmente en los mares circundantes, y en un proyecto de globalización de matriz china, expresada en unos planes de infraestructuras y de inversiones que alcanzan a todos los continentes. Si hay algo inquietante en este ascenso, por el momento económico, es la facilidad con que Estados Unidos ha tirado la toalla del multilateralismo y ha renunciado a su papel de árbitro en Oriente Próximo, dejando vía libre al protagonismo de Pekín, mucho más estratégico que la Rusia de Putin en el aprovechamiento de las debilidades occidentales.

También es inquietante, naturalmente, la rígida estructura del poder, organizada alrededor del partido comunista, todavía más compacta y jerarquizada bajo la batuta de un dirigente salido de la élite fundadora maoísta como Xi Jinping, directamente inspirado en el dogmatismo y en el culto a la personalidad del fundador. Especialmente, porque desmiente las esperanzas de una evolución del régimen hacia las formas de democracia liberal que algunos esperaban de la globalización y de la implantación de una economía de mercado. Nada recogía mejor estas benévolas expectativas como el principio un país, dos sistemas, que iba a permitir la progresiva integración pacífica de la antigua colonia de Hong Kong en un país progresivamente abierto al mundo.

Esta decepción democrática ha quedado reflejada de forma brutal en el contraste de ayer entre las celebraciones de la plaza de Tiananmen, donde Xi Jinping presidió un gran desfile militar, el habitual baño de masas disciplinadas, y pronunció un discurso de encendida retórica nacionalista, y las manifestaciones cada vez más radicalizadas de miles de jóvenes en Hong Kong en favor de las libertades, secuestradas por el sistema indirecto impuesto desde Pekín.

Siendo el país más poblado del mundo, desde hace años presenta unas cifras espectaculares de crecimiento —durante el primer trimestre de este ejercicio fue del 6,3% pese a las amenazas de guerra comercial con Estados Unidos—, con un desarrollo material y tecnológico que ha transformado tanto la sociedad china como la imagen que el gigante asiático proyecta al mundo. En pocas décadas, ha pasado del subdesarrollo y la irrelevancia internacional más allá del teatro de operaciones regional a ser un país con interés estratégico mundial y un liderazgo en investigación y desarrollo —es el caso del 5G— que lo coloca en una de las posiciones dominantes ante la próxima revolución tecnológica mundial.

Se trata de un modelo de gestión que choca con un lado oscuro: todos esos logros han sido alcanzados bajo un sistema de férreo control ideológico, con graves violaciones de los derechos humanos en el interior y una política de hechos consumados y amenazas veladas en el exterior. Un millón de ciudadanos chinos de la etnia iugur han sido internados en “campos de reeducación”, el Premio Nobel de la Paz Liu Xiaobo agonizó en la cárcel en 2017 y la doctrina comunista es la única permitida en todo el país. Pekín está desarrollando unos mecanismos de control de los ciudadanos —reconocimiento facial, huella digital— más propios de una distopía novelesca que de un país que es una potencia mundial. China ha demostrado su eficacia durante estos 70 años, una transformación que no se corresponde, sin embargo, con el más mínimo asomo de intención democratizadora. (El País, 2 de octubre de 2019)