sábado, 9 de junio de 2018

¿Se puede enseñar a escribir? Juan José Millás (El País, 9/6/018)

En una clase de escritura creativa, después de que una alumna hubiera leído un texto de encargo, pregunté a uno de sus compañeros qué le había parecido.
—Me ha gustado mucho porque lo he entendido y a mí me gustan las cosas que entiendo —dijo.
Su afirmación acerca de las virtudes de lo inteligible fue tan categórica, tan agresiva incluso, que no me atreví a replicar. Esperé a la siguiente clase para decir algo.
—¿Te gusta alguna cosa que no entiendas? —le pregunté con cautela.
—No —repitió tajante—, lo que no entiendo no me gusta. Desconecto, me voy.
Estuve por hurgar un poco en el asunto. Pero juzgué que no era el momento. Además, no quería poner en aprietos al chico, que me caía bien; era un buen tipo. Había acudido al taller para aprender a escribir como se habla porque pretendía hacer diálogos para el cine y la televisión.
—Si quieres escribir como se habla —le dije al principio—, no me necesitas a mí. Basta con que grabes a la gente y transcribas a continuación la cinta.
—Sospecho que hay un truco —respondió él.
—El truco —le dije— consiste en otorgar a la escritura una apariencia de oralidad.
—¿Una apariencia? —dijo él.
—Una apariencia —dije yo.
—¿Significa que parezca oral, pero que no lo sea? —dijo él.
—Exactamente —dije yo.
—¿Y eso cómo se logra? —preguntó él.
—Buscándose uno la vida —respondí yo.
Por alguna misteriosa razón, pensaba mucho en este chico. Había en él una suerte de opacidad que me resultaba conmovedora. Un día leí en el taller la primera frase de La Regentala novela de Clarín.
—Escuchad esto —pronuncié abriendo el libro—: “La heroica ciudad dormía la siesta”.
Me dirigí luego al chico al que solo le gustaba lo que entendía y al que en el futuro llamaremos Pedro:
—Pedro, ¿te gusta este comienzo?
—¿Te importaría volver a leerlo? —dijo él.
—“La heroica ciudad dormía la siesta” —repetí yo.
—Está bien —dijo él.
—¿Pero es una obra maestra? —dije yo.
—Hombre, tanto como obra maestra… —dudó él.
—A lo mejor no lo has entendido —­aventuré yo.
—Sí que lo he entendido —se ofendió él—. Dice que la heroica ciudad dormía la siesta. No tiene más misterio.
—¿Y tú te imaginas a un héroe durmiendo la siesta? —pregunté yo.
—Perfectamente —dijo él.
—Ponme un ejemplo —dije yo.
—Mi padre —dijo él—. Mi padre se levanta a las tres de la madrugada, va al mercado central, compra la carne del día, la transporta hasta su puesto en el mercado del barrio, la coloca, abre la tienda, atiende a los clientes. Mi padre pesa 120 kilos. Es un gigante, no le tiene miedo a nada. Y después de comer da una cabezada en el sofá.
¿Qué responder a eso? El heroico padre de Pedro dormía la siesta.
Un día que fuimos a tomar una cerveza al terminar la clase le pregunté:
—Pedro, ¿tú me entiendes?
—No —dijo.
—¿Y te gusto como profesor?
—No —respondió sin vacilar.
—¿Por qué vienes entonces a mis clases?
—Porque sabes algo sobre la construcción de los diálogos que yo no sé.
Al día siguiente, leí en clase el comienzo de un cuento de Raymond Chandler que dice así: “Era uno de esos hermosos días de finales de abril, si a uno le importan esas cosas”. Pregunté a Pedro si le parecía genial.
—Creo que sí —dijo—, creo que es muy bueno.
—¿Por qué? —pregunté yo.
—Porque da, en muy poco espacio, mucha información sobre el que habla. Nos dice que es un tipo cansado.
—¿Y crees que las personas se expresan de ese modo?
Dudó. Me dirigí a la clase y pregunté si la gente, en la vida real, habla como los personajes en las novelas y en el cine. Los alumnos se miraron unos a otros. No era un grupo muy participativo. Saqué de mi cartera un papel donde llevaba impreso el famoso diálogo entre los dos protagonistas de Johnny Guitar:
Él: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Ella: A tantos como mujeres tú recuerdas.
Él: No te vayas.
Ella: No me he movido.
Él: Dime algo agradable.
Ella: Claro, qué quieres que te diga.
Él: Miénteme, dime que me has esperado todos estos años. Dímelo.
Ella: Te he esperado todos estos años.
Él: Dime que habrías muerto si yo no hubiese vuelto.
Ella: Habría muerto si no hubieses vuelto.
Él: Dime que aún me quieres como yo te quiero.
Ella: Aún te quiero como tú me quieres.
Él: Gracias, muchas gracias.
Me volví de nuevo a la clase. Volví a preguntar si la gente hablaba así en la vida.
Tuvieron que aceptar que no. Les dije que el día anterior, preparando la clase, había tropezado en Internet con una curiosa demanda. Alguien solicitaba una especie de catálogo de frases típicas de telenovela. La respuesta con más puntos citaba las siguientes:
—No soy más que una simple criada.
—¿Por qué tuve que nacer ciega?
—Hay que impedirlo a toda costa.
—Estoy esperando un hijo tuyo.
Los alumnos rieron al reconocer el lenguaje del melodrama, muy parecido al lenguaje de la vida. La vida les hacía gracia.
Pedro, en cambio, se había quedado pensativo. Me pidió que desmontara la frase con la que había comenzado todo: “Era uno de esos hermosos días de finales de abril, si a uno le importan esas cosas”. Se trataba de un ejercicio, el de desmontar frases, que hacíamos a veces, y que les gustaba.
Les solicité que pensaran en avenidas y en callejones. Dije que a veces uno camina por la avenida principal de una ciudad cuando le sale al paso un callejón más atractivo, en el que se introduce con la intuición de que romperá así la monotonía grandiosa, aunque previsible, de la avenida.
—Lo curioso —añadí— es que todo el mundo sabe lo que es un callejón, pero no todo el mundo sabe lo que es una oración subordinada.
La que nos habíamos propuesto desmontar era una oración compuesta por una principal (era uno de esos hermosos días de finales de abril) y una subordinada (si a uno le importan esas cosas). La principal, les expliqué, era principal porque podría sobrevivir sin la subordinada, y la subordinada era subordinada porque carecía de sentido por sí sola.
Ahora bien, añadí, la principal, pese a su capacidad de supervivencia, parecía idiota. “Era uno de esos hermosos días de finales de abril” se le ocurre a cualquiera. De hecho la inteligencia de la frase residía en la subordinada (“si a uno le importan esas cosas”). Observad, les pedí, la capacidad irónica de ese callejón gramatical. Repetimos: si a uno le importan esas cosas. De súbito, y gracias a su subordinada, la frase principal, que por sí misma no valía un céntimo, adquiere una fuerza asombrosa.
Bueno, estaba intentando explicarles (y explicar a Pedro en particular) lo que diferencia a la escritura creativa de la prosa común, del habla. Una frase pretenciosa, manoseada, mala (era uno de esos hermosos días de finales de abril) se convierte en buena si haces salir de ella, a modo de apéndice, un callejón inesperado (si a uno le importan esas cosas).
El lenguaje literario era en cierto modo un intruso que intentaba pasar inadvertido entre el lenguaje común. Parte de su interés, si no todo, residía en esa capacidad no ya de ser tolerado por el sistema siendo tan diferente a él, sino de confundirse con él hasta el punto de que mucha gente, como Pedro, suponía que aprender a escribir diálogos consistía en aprender a escribir como se habla. Confundía la literatura con la vida. Quería llevar su vida (su habla) a la escritura, quizá quería convertir su vida en una película.
¿Qué distingue a las frases magnéticas de las comunes? Que en su interior sucede un drama de carácter semántico. “La heroica ciudad dormía la siesta”. “Era uno de esos hermosos días de finales de abril si a uno le importan esas cosas”. Por cierto, que Pedro, mi alumno del taller de escritura, era un tipo magnético, aunque de un magnetismo turbio, oscuro, un magnetismo con lagunas de opacidad.
En una ocasión leí en el taller un verso de Anne Sexton que dice así: “Cuando fuiste mía llevabas un audífono”. Se rieron todos, menos Pedro.
—¿Por qué os reís? —pregunté.
Las explicaciones fueron al principio confusas, pero poco a poco fuimos aproximándonos a la cuestión. “Cuando fuiste mía”, la oración subordinada, en este caso, carecía de interés. La sorpresa salta al leer la principal, “llevabas un audífono”. ¡Dios mío!, a quién, si no a un genio, se le ocurriría completarla de este modo. Llevabas un audífono. Cuando fuiste mía llevabas un audífono. Si ustedes escriben en Google el sintagma “cuando fuiste mía”, les salen 3.480.000 resultados. Es el primer verso de miles canciones. Pero ninguno, de entre esos millones de “cuando fuiste mía”, se completa con un “llevabas un audífono”. En este caso, la frase principal es la intrusa. ¿Qué rayos hace ahí el “llevabas un audífono”? Se enfrenta al tópico, lo destroza, lo vuelve a su favor. Engaña a la lengua, al monstruo, le hace creer que va a escribir un poema romántico, un poema idiota, un texto de todo a cien, y al dar la vuelta a la frase le da esquinazo, le cuela el “llevabas un audífono”. En resumen, “llevabas un audífono” hace antiliteratura, que es la única forma posible de hacer literatura.
Un día leí en el periódico la reseña de una novela a la que el crítico calificaba de “rara”. Imaginé el caso contrario, una crítica sobre una novela cualquiera de la que se dijera que era normal. Tienen ante ustedes una novela normal. ¿Hay novelas normales? Quizá sí. Y quizá sean las que definan el gusto dominante. Las novelas normales poseen una facultad que no tiene precio: que se entienden. Se entienden, digámoslo todo, al modo en que Pedro había entendido el ejercicio de la alumna al que aludíamos al principio de estas líneas. Y no solo se entienden, sino que te entienden. Saben que estás agotado, que tienes en la cabeza mil cosas que resolver. Hay que llamar al servicio técnico del gas para que vengan a hacer la revisión anual, has de llevar el coche a la ITV y el gato al veterinario. La vida diaria está repleta de pequeñas ansiedades que dificultan la concentración. Si aún te queda un hueco para leer una novela, le pides entenderla y que te entienda, es decir, que te dé la razón. ¿Quién quiere una novela que no le dé la razón? ¿Quién quiere un poema de amor que diga que cuando fuiste mía llevabas un audífono? Cuando fuiste mía, no sé, la tormenta arreciaba, o se escuchó el canto de una alondra.
Pasaron los años y un día tropecé con Pedro en la calle. Iba vestido como un ejecutivo de éxito. Intercambiamos las frases habituales, tópicas, las frases que nos ordenaba decir la lengua y que jamás se dirían los personajes de una novela. ¡Cuánto tiempo!, ¿cómo te va?, ¿vives en Madrid?, etcétera. Una vez agotado el repertorio, le pregunté si le apetecía tomar un café.
—Claro —dijo él.
Nos metimos en un bar y continuamos intercambiando banalidades. Casi a punto de despedirnos, Pedro me apuntó con el dedo y me dijo con una sonrisa rara, una sonrisa que podía ser la imitación de una sonrisa:
—De modo que la heroica ciudad dormía la siesta.
—Sí —dije yo—, y cuando fuiste mía llevabas un audífono.
—Verás —dijo él—, entendí perfectamente, a la primera, la heroica ciudad dormía la siesta. La entendí tanto que me asustó y por eso intenté devaluarla. Mi padre no tenía una carnicería ni se levantaba a las tres de la madrugada para ir al mercado central ni pesaba 120 kilos. Mi padre no era un héroe. Mi padre tenía cinco joyerías, cinco; ahora tenemos diez porque me he incorporado yo al negocio. Y me gusta. Entonces, no. Estaba en la época de la rebeldía. No quería parecerme a mi padre. Ignoraba que escribir como se habla era un modo de parecerme a él por otra vía. Tú, sin darte cuenta, me hiciste ver que en el fondo quería ser como él. Un día dijiste en clase que se escribe desde el conflicto, que si no hay conflicto se puede escribir el código penal pero no Crimen y castigo. Yo creía que quería escribir Crimen y castigo, pero no era cierto. Me interesa más el código penal, lo entiendo mejor que Crimen y castigo. Gracias de todo corazón por abrirme los ojos.
Me quedé perplejo. Pedro no había acu­dido al taller para aprender a escribir, sino para aprender a escribirse. Cada vez que abría una joyería, añadía un capítulo a su existencia. Un capítulo de un libro que entendía a la perfección, un capítulo de una novela “normal”, perfectamente inteligible. Y de esto era de lo que pretendíamos hablar desde el principio de estas líneas, de las fronteras entre lo inteligible y lo ininteligible; de los problemas de lo que entendemos y las virtudes de lo que no entendemos; de la diferencia entre hablar y ser hablado o escribir y ser escrito.
Juan Benet decía que con los libros nos pasa a los seres humanos lo mismo que les pasa a los hombres con las mujeres y a las mujeres con los hombres. Desde el punto de vista del hombre, hay mujeres que nos gustan, pero que no nos interesan, y mujeres que nos interesan, pero que no nos gustan. Nos casamos cuando coinciden el interés y el gusto. Quizá sea así. En todo caso, es verdad que hay libros que nos gustan y libros que nos interesan. No podemos entregarnos solo a los que nos gustan por el mero hecho de que los entendamos. Son los que nos dan la razón, cuando lo que hay que buscar en los libros, y en los cónyuges, es que nos la quiten.

jueves, 7 de junio de 2018

Comentario de texto EVAU 2018 opción B

   

  Esa tierra calcinada que dejan los incendios es la expresión más sórdida del abandono de nuestras raíces. Lloramos los últimos y devastadores incendios en Portugal, Galicia, Asturias y León. Han muerto 42 personas en los últimos días a causa de estos fuegos, especialmente trágicos en Portugal, que ya perdió a 64 personas el pasado verano. En Galicia han sido cuatro los fallecidos.
  Desgraciadamente, estas cifras crecen, hay personas desaparecidas y otras se juegan la piel al apagarlos. El mapa del noroeste peninsular es un paisaje rico de bosques y voces que hablan los idiomas del campo y la naturaleza. Nuestra mentalidad urbanita, ajena a tantas cosas, no se está dando cuenta de todo lo que nos arrebatan las llamas de estos fuegos malévolos e intencionados, fabricados con manos asesinas. Hemos abandonado los valores del mundo agrario y a los que allí habitan. Los gallegos y los portugueses viven en continuo sobresalto sometidos por unos criminales pirómanos. La espesura vibrante que rodea los pueblos, las aldeas y parroquias representa la esencia de la vida rural, de esos orígenes que dan sentido a nuestras ricas culturas. La protección y el cuidado de los paisajes agrestes de la península Ibérica han de ser una cuestión de Estado. Portugal y España se deben hermanar en un compromiso real y efectivo con sus tierras y sus gentes, con esa tradición campestre y el legado forestal que nos representa y nos enriquece. Ambos países habitan la misma geografía rústica, y tienen que crear y llevar a cabo políticas forestales conjuntas que protejan sus zonas vulnerables. Deben educar a las nuevas generaciones para que sientan el orgullo de las culturas rurales en comunión con la naturaleza y quieran regresar a ellas. Que existir y prosperar en el campo sea una opción viable. Tenemos que financiar más contingentes de profesionales con infraestructuras reales coordinando labores de prevención, recuperación y protección de los bosques y montes. Rehacer los caminos, quitar la maleza, podar los árboles, repoblar la tierra negra de ceniza con vegetación autóctona de robles, castaños y nogales. La salud de nuestros bosques, el paisaje natural y su preservación deben ser prioritarios. Antes del fervor de las naciones está el latido de los árboles y los bosques milenarios que dieron cobijo a nuestros antepasados que no sabían de mapas y fronteras políticas. Las tierras de la península Ibérica son nuestro pulmón de vida futuro, recuperar los bosques es un gesto patriótico que no puede esperar. (Ana Merino, “Recuperar los bosques”, El País, 23/10/2017)

jueves, 17 de mayo de 2018

Comentario de texto

VENENO

   La basura mediática que uno se traga cada día no deja lesión alguna, ni siquiera microscópica, en la mucosa más sensible del cerebro. Las neuronas procesan toda la mierda tóxica que nos rodea y, tal como les llega, la trasladan al conocimiento sin que se produzca fisiológicamente ningún control ni rechazo. La contaminación del aire congestiona los pulmones e irrita la garganta, e incluso puede provocar cáncer; en cambio, el veneno moral e ideológico que uno respira penetra en la raíz de la conciencia sin que el cerebro reaccione ante un ataque tan rudo y persistente.
   Hay que imaginar qué sucedería si las ideas y creencias con que se nutre el cerebro cambiaran de sustancia y fueran a parar al estómago en forma de alimento que se adquiere en un colmado. Muchas noticias del telediario te harían vomitar durante el almuerzo y, después de tragarte un debate histérico e inconsistente, de oír el comentario crispado de un político idiota, de leer un artículo sectario, una disentería fulminante te mandaría corriendo al cuarto de baño. El nacionalismo fanático, la corrupción política y la banalidad gansa de la cultura, en un colmado serían productos equivalentes a la carne de perro, al aceite de colza, a la fruta con gusanos y al pescado podrido. Si en la tienda la gente rechaza por instinto un alimento pasado de fecha, ¿por qué acepta una creencia rancia como si no le dañara? La denominación de origen y el control de calidad que rigen en la alimentación no atañen a los productos destinados al cerebro, aunque estén llenos de bacterias.
   Nuestra conciencia, largamente intoxicada, acepta con normalidad el veneno diario que recibe en lo que uno lee, oye, contempla, huele y respira, de forma que el ciudadano se comporta con toda naturalidad en la vida, creyéndose sano y libre, sin saber que está envenenado.

Manuel Vicent, El País, 22 de febrero de 2015

martes, 17 de abril de 2018

Sexismo en la publicidad y Delibes

Como acabamos de leer Usos amorosos de la postguerra española y algunas cosas que se cuentan en ese libro os han parecido escandalosas, os enlazo a una noticia del periódico Público (sobre todo al vídeo que hay inserto en ella, del equipo del Club de Creativos) para que os deis cuenta de que en algunos aspectos queda mucho por hacer.

Y una noticia de hoy mismo sobre Cinco horas con Mario. Además de recordar que se trata de una de las últimas oportunidades de ver el montaje teatral de la novela de Delibes, tiene varias consideraciones que podéis tener en cuenta para vuestro tema de lectura.

miércoles, 11 de abril de 2018

Comentario de texto 2.º Bachillerato

El texto que tenéis que analizar para la próxima semana (entrega el 20 de abril) es el siguiente:

martes, 20 de marzo de 2018

Leopoldo María Panero y Carmen Martín Gaite

Esta mañana hablábamos en 2.º Bachillerato de Ciencias de este autor: Leopoldo María Panero, miembro de una extensa saga de escritores. Y precisamente hoy mismo sale una noticia sobre él, en la que (si leéis) podéis comprobar que su legado sigue siendo tan polémico como su vida.

Por otra parte, en el Bachillerato de Humanidades hemos terminado el repaso del temario de Literatura y vamos a empezar a trabajar el libro de lectura Usos amorsos de la postguerra española, de Carmen Martín Gaite, lectura obligatoria de esta evaluación. Os propongo un comentario de texto de dicha obra, para empezar por el final.


A principios de la década de los sesenta, toda jovencita que se tildara de moderna devoraba la traducción española de un libro publicado en Francia en abril de 1949 por Simone de Beauvoir, la compañera de Jean-Paul Sartre. Se titulaba El segundo sexo, y la cosecha de su lectura coincidía con el auge de la música de los Beatles. Empezaba a proliferar el espécimen de la muchacha que iba a bailar a las bôites, llegaba tarde a cenar, fumaba, hacía gala de un lenguaje crudo y desdolido, había dejado de usar faja, no estaba dispuesta a tener más de dos hijos y consideraba no sólo una antigualla sino una falta de cordura llegar virgen al matrimonio.
 
El sexo hasta hace pocos años relativamente era tema tabú —escribiría López Aranguren— y se ha convertido ahora en obsesivo… La sexualidad ha sido convertida en un «market value» susceptible de intensa, omnipresente explotación: nuestra sociedad de consumo lo es, capitalmente, de consumo erótico.
 
Pero esa es otra historia, también bastante enredosa y compleja: la de los usos amorosos de los años sesenta y setenta. Esperemos que alguien tenga la paciencia de reunir los materiales de archivo y de memoria suficientes para contárnosla bien algún día.
 
Usos amorosos de la postguerra española, Carmen Martín Gaite (1987), pp. 217-218

martes, 13 de marzo de 2018

Gramsci

Instrúyanse,
porque tendremos necesidad de toda vuestra inteligencia. 
Agítense,
porque tendremos necesidad de todo vuestro entusiasmo. 
Organícense,
porque tendremos necesidad de toda vuestra fuerza.