jueves, 20 de marzo de 2014


EL MAGISTERIO ESPAÑOL
COLABORACIÓN
El 14 de abril de 1931 en Segovia
Por Antonio Machado

Era un hermoso día de sol. Con las primeras hojas de los chopos y las últimas flores de los almendros llegaba, al fin, la segunda República Española. ¿Venía del brazo de la primavera? La canción infantil que yo cantar, o soñé que se cantaba en aquellas horas, lo decía de este modo:
La primavera ha venido —del brazo de un capitán.—Cantad, niñas, en coro: —¡Viva Fermín Galán!
Florecía la sangre de los héroes de Jaca, enterrados bajo las nieves del invierno, y el nombre abrileño del capitán muerto era evocado por la canción infantil como un fantasma de la primavera.
La primavera ha venidoy don Alfonso se va.Muchos duques lo acompañanhasta cerca de la mar.Las cigüeñas de las torresquisieran verlo embarcar.
Fue un día profundamente alegre —muchos que éramos viejos no recordábamos otro más alegre—, un día maravilloso en que la naturaleza y la historia parecían fundirse para vibrar juntas en el alma de los poetas y en los labios de los niños.
Mi amigo Antonio Ballesteros y yo izamos en el Ayuntamiento la bandera tricolor. Se cantó la Mar-sellesa; sonaron los compases del Himno de Riego. La Internacional no había sonado todavía. Era muy legítimo nuestro regocijo. La República había venido por sus cabales, de un modo perfecto, como resultado de unas elecciones; todo un régimen caía sin sangre, para asombro del mundo. Ni siquiera el crimen profético de un loco, que hubiera eliminado a un traidor, turbó la paz de aquellas horas.
La República salía de las urnas, acabada y perfecta como Minerva de la cabeza de Júpiter.
Así recuerdo yo el 14 de abril de 1931.
Desde aquel día, no sé si vivido o soñado, hasta el día de hoy, en que vivimos demasiado despiertos y nada soñadores, han transcurrido seis años repletos de realidades que pudieran estar en la memoria de todos. Sobre esos seis años escribirán los historiadores del porvenir muchos miles de páginas, algunas de las cuales acaso merecerán leerse. Entre tanto, yo los resumiría con unas pocas palabras. Unos cuantos hombres honrados, que llegaban al poder, sin haberlo deseado, acaso, o sin haberlo esperado siquiera, pero obedientes a la voluntad progresiva de la nación, tuvieron la insólita y genial ocurrencia de legislar atenidos a normas estrictamente morales, de gobernar en el sentido esencial de la historia, que es el del porvenir. Para estos hombres eran sagradas las más justas y legítimas aspiraciones del pueblo; contra ellas no se podía gobernar, porque el satisfacerlas era precisamente la más honda razón de ser todo gobierno. Y estos hombres, nada revolucionarios, llenos de respeto, mesura y tolerancia, ni atropellaron ningún derecho ni desertaron de ninguno de sus deberes. Tal fue, a grandes rasgos, la segunda gloriosa República Española, que terminó a mi juicio, con la disolución de las Cortes Constituyentes. Destaquemos este claro nombre representativo: Manuel Azaña.
Vinieron después los días de laboriosa y pertinaz traición, dentro de casa. Aquellos hombres nobilísimos, republicanos y socialistas, habían interrumpido inge-nuamente toda una tradición de picarismo, y la inercia social tendía a restaurarla. Fueron más de dos años tan pobres de heroísmo en la vida burguesa como ricos en anécdotas sombrías. Un político nefasto, un verdadero monstruo de vileza, mixto de Judas Iscariote y caballo de Troya, tomó a su cargo vender —literalmente y a poco precio— a la República, el dar acogida en su vientre insondable a los peores enemigos del pueblo. A esto llamaban los hombres de aquellos días: ensanchar la base de la República. Destaquemos un nombre entre los viles, que los represente a todos: Alejandro Lerroux.
Pero la traición fracasó dentro de la casa, porque el pueblo, despierto y vigilante, la habría advertido. Y surgió la República actual, la más gloriosa de las tresdigámoslo hoy valientemente, porque dentro de veinte años lo dirán a coro los niños de las escuelas: surgió la tercera República Española con el triunfo en las urnas del Frente Popular. Volvían los mismos legítimamente representados; y otra vez tratan un mandato del pueblo que no era precisamente la Revolución Social, pero si el deber ineludible de no retroceder ante ningún esfuerzo, ante ningún sacrificio, si la reacción vencida intentaba nuevas y desesperadas traiciones. Y surgió la rebelión de los militares, la traición madura y definitiva que se había gestado durante años enteros. Fue uno de los hechos más cobardes que registra la historia. Los militares rebeldes volvieron contra el pueblo todas las armas que el pueblo había puesto en sus manos para defender a la nación, y como no tenían brazos voluntarios para empuñarlas, los compraron al hambre africana, pagaron con oro, que tampoco era suyo, todo un ejército de mercenarios; y como esto no era todavía bastante para triunfar de un pueblo casi inerme, pero heroico y abnegado, abrieron nuestros puertos y nuestras fronteras a los anhelos imperialistas de dos grandes potencias europeas. ¿A qué seguir?... Vendieron a España. Pero la fortaleza de la tercera República sigue en pie. Hoy la defiende el pueblo contra los traidores de dentro y los invasores de fuera, porque la República, que empezó siendo una noble experiencia española, es hoy España. Y es el nombre de España, sin adjetivos, el que debemos destacar en este 14 de abril de 1937.


Aquel 14 de abril

María Zambrano

Fue tan hermoso como inesperado: salió el día en estado na-ciente; es decir, nació. Solamente por eso, aunque hubiera nacido otra cosa hermosa, se entiende, también ella tendría un inmenso valor.
En el himno de Homero, Afrodita se hace merecedora de ese mismo epíteto:La Naciente. Así es llamada. Y de Afrodita fue aquel día, un día naciente, donde todo nació: hasta el día, hasta las nubes, hasta la gente.
Pasaban guardias civiles llevados a hombros por el pueblo, por las gentes del pueblo de Madrid, y ellos eran felices. Los rateros se declararon en huelga; no hubo un solo hurto, por pequeño que fuera. Las personas entraban en los bares, donde pedían y pagaban; nadie intentó tomarse ni siquiera un café sin pagar. Las joyerías estaban intactas, con sus alhajas resplandecientes; nadie pensó en romper los cristales, nadie pensó en romper nada.
Creo yo que era la claridad del día. Pero si esa claridad del día se dio precisamente el 14 de abril, y si lo que nació de ese día naciente fue la República, no puede ser por azar. Fue, pues, un nacimiento y no una proclamación. Y de ese día naciente recuerdo en especial un episodio.
Las gentes sólo pensábamos es muy cursi, lo sé, pero es verdad en amarnos, en abrazarnos sin conocernos. Llorábamos de alegría, unos y otros, en la Puerta del Sol. Yo estaba allí cuando llegó Miguel Maura, cuando entró en el Ministerio de Gobernación. El edificio se había ido llenando de gentes, como convocadas por una especie de corona de nubes que se había ido formando en el cielo.
Era una hermosísima corona, tan hermosa que, una vez vista y contemplada, hace imposible aceptar ninguna otra corona. Se hizo sola, con esas nubes de abril que son un poco hinchadas, pero contenidamente; un poco rosadas, pero contenidamente. Era algo tenue e indeleble a la par, algo inolvidable siendo tan leve, tan sostenido que no se sabe qué esfera celeste tenía que ser, y, de no ser celeste, lo más cerca que en este planeta puede haber de celeste.
Florecieron las banderas republicanas, florecieron no se sabía desde qué campo de amapolas o de tomillo. Hasta había perfume a campo, a campo de España. Y, entonces, todo fue muy sencillo: Miguel Maura avanzó con la bandera republicana en los brazos. La llevaba tiernamente, como se lleva un depósito sagrado, un ser querido. La desplegó y dijo simplemente: «Queda proclamada la República». Fue un momento de puro éxtasis.
Unas horas más tarde, no muchas, mi hermana Araceli, junto con su marido, con mi padre y conmigo, fuimos a Telégrafos. Entraron los hombres para poner algunos telegramas, y nos quedamos mi hermana y yo, solas, en la plaza donde no había nadie, debajo, por azar, de un reverbero blanco de luz, de una blancura incandescente, de una blancura que yo nunca más he vuelto a ver.
Llegó un grupo de hombres, de indígenas, de gente de aquí, salida, como salía todo en aquel momento, de una tierra feliz, de una tierra que estuviese comenzando a salir de la maldición bíblica, si es que de verdad nos han dicho aquello de parirás con dolor. Parecía que ya la tierra no tendría que parir nunca más con dolor, sino con gloria, y que todo sería amor, unión entre el cielo y la tierra. Y llegaron aquellos hombres pequeñitos, españoles, indígenas. Vinieron hacia nosotras, hacia mi hermana y hacia mí, con esa timidez que tienen todos los seres que nacen como es debido y, al mismo tiempo, llenos de confianza.
Éramos señoritas. Íbamos vestidas de señoritas. Mi hermana todavía podía pasar, pues llevaba un abrigo rojo, que ella no se encargó para la ocasión. Pero yo iba de azul celeste, color nada revolucionario. Y se acercaron casi como de puntillas, y, mirándonos, nos dijeron: «¡Viva la República!». Y nosotras, con alegría, y dándoles más espacio de cordialidad y de entendimiento, contestamos. Entonces volvieron a decirlo cada vez con mayor júbilo, al ver que nosotras participábamos y nos uníamos a ellos a pesar, creo yo que pensarían, de ser dos señoritas.
Uno de aquellos hombres, que llevaba una camisa blanca, se destacó. Sería por azar, pero estaba colocado debajo del reverbero blanco; así que la blancura de su camisa era ultraterrena y, al mismo tiempo, terrestre, porque todo era así, nada era abstracto, nada era irreal, todo era concreto, real, vivo, la mismísima realidad, la felicidad, que, sin duda alguna, nos dieron al principio.
Y ese hombre, con los brazos abiertos gritó: «¡Que viva la República!». Y hasta «¡Viva España!», que se decía muy poco en mis tiempos, porque la patria, esa verdad, no se nombraba.
Después la han nombrado mucho; nosotros no la nombrábamos, pero no porque fuésemos antipatria, sino por todo lo contrario, porque la dábamos por supuesta. El caso es que, abriendo los brazos el hombre de la camisa blanca acabó dando un grito que él andaba buscando y que al fin le salió: «¡Y muerapues que no muera nadie!». Y gritó por tres veces: «¡Que no muera nadie! ¡Que viva todo el mundo! ¡Que viva la vida!».
Así se quedó, inmóvil, con los brazos abiertos. Era, luego lo he visto claro, un fragmento real de Los fusilamientos pintados por Goya, donde hay ese hombre vestido de blanco y con un grito que no se oye. Hoy creo que es el mismo grito que mi hermana y yo oímos aquel 14 de abril, el grito del que van a fusilar, del fusilado: «¡Que no muera nadie! ¡Que viva todo el mundo! ¡Que viva la vida!». Y no sé quisiera ser fiel si no dijo entre dientes «¡Que viva el amor!». Quizá lo dijo. Pero yo no me atrevo a afirmarlo.

martes, 18 de marzo de 2014

Hablando de otras democracias posibles


Otras democracias son posibles: la Comuna de París

18 mar 2014, público.es
  

Antoni Aguiló (Filósofo político y profesor del Centro de Estudios Sociales de la Universidad de Coímbra)

Acaban de cumplirse 143 años de la proclamación de la Comuna de París, una de las experiencias de democracia obrera participativa más iluminadoras de la historia contemporánea de Occidente, pero también, y al mismo tiempo, una de las más trágicas que se han conocido.
Al final de la guerra franco-prusiana, con una Francia derrotada, su primer ministro, Adolphe Thiers, advirtió la importancia de desarmar inmediatamente París para imponer el humillante armisticio firmado con Prusia. El 18 de marzo de 1871, bajo el pretexto de que las armas eran propiedad del Estado, Thiers ordenó al ejército la retirada de los cañones que la Guardia Nacional tenía en las colinas Montmartre. Entonces una multitud indignada de mujeres y hombres de clase trabajadora se opuso al desarme, que dejaría indefensa la ciudad. Una parte de las tropas enviadas por el Gobierno se negó a disparar contra la gente y muchos de los soldados acabaron confraternizando con el movimiento de resistencia, que se alzaba en armas contra la Asamblea Nacional, desencadenando un proceso revolucionario que enfrentaba al proletariado parisino con la gran clase de terratenientes, rentistas y campesinos ricos que dominaba la Asamblea francesa.
Tras el intento fallido de desarme, el gabinete de Thiers huyó a Versalles. Los sublevados instituyeron un gobierno municipal provisional que después de las elecciones del 26 de marzo se transformó en la Comuna de París. Se constituía, así, una alcaldía rebelde de fuerte base obrera. El ejemplo de París se extendió por otras ciudades y pueblos provinciales, como Lyon y Marsella, donde se proclamaron comunas insurgentes rápidamente aplastadas por Versalles.
Más allá de sus tropiezos, la Comuna de París nos legó uno de los ejercicios de construcción de poder popular desde abajo más relevantes de la historia reciente. ¿Qué aprendizajes de la Comuna en materia de democracia pueden contribuir a iluminar las actuales luchas por democracias reales? ¿En qué medida estas luchas pasan por una práctica política revolucionaria que amplíe el poder efectivo de las clases populares y otros colectivos históricamente afectados por la discriminación? A mi juicio, como embrión de democracia revolucionaria, la Comuna de París proporciona algunas enseñanzas clave que abren caminos poco explorados para el avance de democracias al servicio de la emancipación social:
Democracia de base: la pretensión era la creación de un Estado desde la base formado por autogobiernos municipales federados entre sí con un gobierno central con escasas funciones de coordinación. Un Estado nuevo que contribuyera a deshacer la relación entre gobernantes y gobernados, donde obtener mejores condiciones de vida y trabajo, en el que la gente se sintiera reconocida y que estuviera dispuesta a defender.
Democracia obrera de inspiración socialista. Los comuneros eran conscientes de la necesidad de romper con las viejas formas de dominación política (el parlamentarismo liberal y el Estado capitalista burgués), lo que los llevó a experimentar formas alternativas de política y sociedad. Aunque la Comuna no acabó con el Estado capitalista, su gran mérito fue arrebatar completamente su control a la burguesía, transformándolo en un organismo nuevo que permitía el acceso al poder a quienes tradicionalmente habían sido apartados de él. Ya no era el gobierno de las clases elitistas dominantes, sino de las mayorías populares no representadas, los obreros, cuya bandera roja, símbolo de la fraternidad internacional de los trabajadores, hondeaba por primera vez en la sede del Gobierno, el Hôtel de Ville.
En este punto adquiere especial relevancia el componente socialista de la Comuna, presente en el tipo de democracia que estableció: una democracia no meramente formal, sino sustantiva, participativa, que combinaba democracia representativa con democracia directa. Una democracia que representaba un proceso más allá de la toma coyuntural del poder, ya que aspiraba a sustituir el aparato burgués del Estado por otro en correspondencia con los intereses de la clase trabajadora. En otras palabras, la democracia obrera de la Comuna permitió la inversión del poder, desplazando el poder político clasista y elitista acaparado por propietarios para poner en manos de la clase trabajadora la capacidad efectiva de deliberar, decidir y organizar la sociedad.
La democracia de la Comuna se articulaba en torno a cinco principios: 1) elección por sufragio universal de todos los funcionarios públicos. 2) Limitación del salario de los miembros y funcionarios comunales, que no podía exceder el salario medio de un obrero cualificado, y en ningún caso superar los 6.000 francos anuales. 3) Los representantes políticos estaban umbilicalmente ligados a los electores por delegación y mandato imperativo. 4) Cualquier representante podía perder la confianza de los electores y ser depuesto de inmediato; de ahí que la Comuna instituyera la revocabilidad del mandato, acabando con la perversidad de un sistema representativo liberal que, como en la actualidad, permitía suplantar la voluntad de los representados y promovía la profesionalización de la política. La Comuna se cuidó, de este modo, de hacer un uso contrahegemónico de la democracia representativa en el que los representantes obedeciesen y no, a diferencia de lo que ocurre hoy, donde los que mandan no obedecen y los que obedecen no mandan. Este tipo de democracia representativa consagraba el derecho popular a pedir cuentas, exigir responsabilidades y controlar a los representantes, lo que asestó un duro golpe a la aún tan en boga comprensión parasitaria de la política, vista como un trampolín para obtener privilegios, hacer carrera profesional y olvidarse del electorado. 5) Transferencia de tareas del Estado a los trabajadores organizados, como la promoción de la autogestión obrera mediante la socialización de las fábricas abandonadas por los patrones.
Nuevas medidas emancipadoras. Las iniciativas para socializar el poder político no fueron las únicas. También se acompañaron de atrevidas medidas de carácter social, entre las que cabe destacar la separación entre la Iglesia y el Estado, garantizando el carácter laico, obligatorio y gratuito de la educación pública; la expropiación de los bienes de las iglesias; la supresión del servicio militar obligatorio; la aprobación de una moratoria sobre los alquileres de vivienda que abolía las anteriores leyes en esta materia, confiscaba las viviendas vacías y cancelaba las deudas por alquiler, poniendo la vivienda al servicio de las necesidades sociales y el bienestar general; la supresión del trabajo nocturno en las panaderías y la prohibición de la práctica patronal de multar a los empleados, una estrategia habitual para reducirles el salario.
Sin embargo, la burguesía francesa no permitió que el nuevo sistema político prosperase. Con la colaboración de las tropas prusianas que cercaban París, el gobierno de Versalles envió más de 130 mil soldados que el 28 de mayo de 1871, tras 72 días intensos y fugaces de autogobierno popular, aniquilaron la Comuna. Se estima que en la batalla murieron más de 20.000 parisinos y que unos 43 mil combatientes fueron capturados; unos 13 mil fueron condenados a prisión, 7 mil de los cuales fueron deportados a Nueva Caledonia.
La Comuna de París representa no sólo la última de las grandes revoluciones populares del siglo XIX, sino también el primero de los democraticidios de la era moderna, algo apenas mencionado en la historia “oficial” de la democracia. Lamentablemente, hoy también son tiempos de democraticidio, de exterminio de saberes y prácticas democráticas. El capitalismo ha fulminado la democracia representativa en buena parte de Europa, donde los Parlamentos y las elecciones, como en Italia, son prescindibles. Pero también son, entre otras cosas, tiempos de experimentalismo político, de grietas abiertas en el poder constituido, de protestas populares, de organización colectiva y de luchas por un poder popular constituyente que, como nos recuerda la Comuna de París, nace en las calles como exigencia de cambio de las viejas estructuras políticas y económicas que oprimen a la gente y coartan la construcción de otras democracias posibles.

domingo, 16 de marzo de 2014

Un vídeo tonto sobre ortografía...

http://www.youtube.com/watch?v=nULs3ObxLTE
Y otro menos tonto, pero más largo. Merece la pena para los que tenéis muchas faltas de ortografía. La verdad es que lo que dice el profesor Daniel Gabarró está bastante bien, aunque tiene un tono muy aseverativo.
https://www.youtube.com/watch?v=RS0Pk-uN9io

jueves, 13 de marzo de 2014

Valoración de CINCO HORAS CON MARIO


VALORACIÓN CRÍTICA DE CINCO HORAS CON MARIO de Miguel Delibes

1.La renovación de la novela a partir de los años sesenta.

EN ESTA PREGUNTA DEBES DEMOSTRAR TUS CONOCIMIENTOS TEÓRICOS ACERCA DE LAS CARACTERÍSTICAS ESTILÍSTICAS Y TEMÁTICAS DE LA NOVELA DE LOS AÑOS SESENTA, FRENTE A LA NOVELA REALISTA ANTERIOR Y DEBES HACER REFERENCIA A LOS AUTORES Y OBRAS MÁS RELEVANTES.

A principios del siglo XX, escritores como James Joyce o Marcel Proust, entre otros hicieron una profunda renovación formal de la novela europea. Esta renovación afecta al punto de vista desde el que se cuenta la novela, pues en contraste con el narrador tradicional, el narrador contemporáneo está limitado y deja que los personajes presenten ellos mismo la acción, tal como la perciben desde su personal punto de vista; como en lo relativo a los personajes: frente al héroe tradicional, esta novela prefiere el grupo humano, o el personaje anónimo, e incluso la ausencia de protagonista; o el argumento, pues no interesa contar una historia, ni narrar sucesos o hacer descripciones, no hay argumento a la manera clásica con principio, nudo y desenlace; en cuanto al tiempo y al espacio, la trama no sigue un orden cronológico, se funde el presente y el pasado en un tiempo único, o bien hay un tiempo circular, en el que es indiferente el orden de lectura. El espacio se limita y puede llegar a reducirse a un espacio interior como la mente del protagonista.
Por razones básicamente históricas (guerra civil, franquismo) esta renovación no llega a España hasta bien entrados la década de los 60. La década anterior es la del auge de la llamada "novela social", novela que se inserta en los criterios de la crítica marxista. Escritores y novelas representativas de esta tendencia son Jesús Fernández Santos: Los bravos, López Salinas: La mina, Juan Goytisolo: Campos de Níjar, García Hortelano: Tormenta de verano y un largo etc.
Con Tiempo de silencio de Luis Martín Santos (1962) se cierra, de alguna manera, el ciclo de la novela social y se inicia esa renovación de la que hemos hablado antes. En este afán renovador participan novelistas de la primera generación de posguerra como Camilo José Cela: San Camilo (1936), Mazorca para dos muertos, Miguel Delibes: las guerras de nuestros antepasados, Torrente Ballester: La isla de los jacintos cortados, como otros más jóvenes, Juan Benet: Volverás a Región, Juan Goytisolo: Reivindicación del conde don Julián.
Estos novelistas reconocen el agotamiento de la novela social y buscan nuevas formas narrativas con nuevos enfoques y una mayor atención a la lengua literaria.


2. Valoración crítica de Cinco horas con Mario, de Miguel Delibes

ESTA CUESTIÓN DEBES RESPONDERLA SIGUIENDO EL ESQUEMA DE INTRODUCCIÓN: UNAS POCAS PALABRAS PARA PRESENTAR LA OBRA

Esta novela se publica en 1966 dentro del proceso de renovación formal de la novela. Por una lado contrasta con la obra anterior de Delibes, tradicional en cuanto a la forma narrativa y por otro, refuerza la postura crítica y de denuncia, característica del novelista.

DESARROLLO: CONTENIDO ESENCIAL DE LA OBRA Y ASPECTOS QUE TE HAN INTERESADO MÁS

El contenido es muy sencillo se trata de un largo soliloquio, en la que una mujer, Carmen, representante de la pequeña burguesía del franquismo, le reprocha a su marido, muerto repentinamente y al que está velando en una habitación de su casa, su fracaso matrimonial, su frustración personal.
La novela consta de un prólogo, veintisiete capítulos numerados, que comienzan con una cita de la Biblia, que la protagonista malinterpreta y un epílogo. El espacio se ha reducido: una habitación de una casa en una ciudad provinciana de la España de posguerra y el tiempo también: veintisiete años de vida matrimonial en cinco horas.
Llama la atención en esta novela el lenguaje: léxico vulgar, imprecisión, reiteración, tópicos, comodines, frases hechas, elipsis, anacolutos, concordancias equivocadas etc. la técnica narrativa: el monólogo interior, un aspecto esencial en la renovación de las técnicas narrativas de los años 60, esa constante segunda persona del discurso, que increpa que se obsesiona, que hace las más caprichosas asociaciones.

CONCLUSIÓN: UNA VALORACIÓN FINAL DE LA OBRA

Valor fundamental de esta obra es que a través de una pequeña historia de infidelidad, de sentimiento de culpa, Delibes nos hace un maravilloso retrato de los valores morales de la sociedad franquista a través de las ideas de Carmen, sobre el sexo, el dinero, el matrimonio, la religión, la diferencia de clases etc.




EL LIBRO
Cinco horas con Mario, publicada en 1966 por la editorial Destino, es considerada una de las obras más importantes de Miguel Delibes, junto a Los santos inocentes. La novela es un exponente del experimentalismo, una corriente narrativa de los años 60, dado que la crisis personal de Carmen, la protagonista, es un reflejo de las tensiones políticas y sociales de los últimos de la dictadura de Franco, expresadas mediante un largo monólogo interior (intento de plasmar el flujo de presión del mundo real y el mundo interior, imaginado por alguno de los protagonistas).
Se trata de una novela que ha trascendido las páginas del libro, ya que a finales de los 70 fue adaptada para el teatro, con gran éxito de crítico y público. En 1981 se estrenó la película Función de noche, inspirada en esta obra, y en 2010 el texto ha vuelto a subir a los escenarios.
Argumento:
Comienza la novela con el velatorio de Mario, el difunto esposo de Carmen Sotillo, al que han acudido los familiares del finado, que se despiden de la viuda expresándole su pésame. Durante las cinco horas siguientes, Carmen, que tiene 44 años, vela el cadáver de Mario, y va recordando su vida juntos, dirigiéndose a su esposo como si estuviera vivo.
El personaje de Carmen representa a una mujer típica de la España franquista de los años 60: dedicada casi exclusivamente a las tareas del hogar y al cuidado de los hijos, con pocos estudios puesto que el acceso de la mujer a la universidad estaba restringido a muy pocas, y relegada a un segundo plano, como muchas mujeres de aquel entonces. En el transcurso de su soliloquio (o monólogo interior, como hemos señalado antes), va conversando con su esposo muerto, y le expresa su insatisfacción y el poco aprecio que tenía por él. El personaje de Mario, por contra, es un catedrático, periodista e intelectual; un idealista que dedica su tiempo al altruismo, y que es capaz de privarse de un coche por solidaridad con los pobres. Al criticar los valores políticos, sociales y religiosos de su marido, se hace evidente que Carmen es una mujer frívola, materialista, clasista, pero a la vez ignorada y frustrada. Esto provoca que sus reproches tengan un efecto rebote: el personaje de Carmen es el que acaba quedando mal a los ojos del lector y Mario queda bien. Por ejemplo, uno de los reproches más grandes de Carmen es que Mario no quisiera comprar un coche 600. Para ella el coche era un símbolo de estatus social, de que las cosas les van bien: por cómo se expresa, parece que no tener ese coche le molesta más por las apariencias que porque vaya a ser útil para los dos. Mario es evidentemente menos materialista y utiliza bicicleta para ir a todas partes, algo que saca de sus casillas a Carmen.
Carmen también sospecha que su marido la engañó. Sin embargo, conforme avanza el monólogo, revela que la infiel fue ella cuando en una ocasión se besó con un hombre en un coche de lujo. Al término de la novela, Carmen le pide perdón y parece que todas las críticas y los reproches hacia Mario durante las cinco horas de vela tienen como propósito justificar su infidelidad.
Estructura, estilo y temática:
La estructura es casi minimalista: la historia transcurre durante cinco horas y en una sola habitación. Esta es una de las razones por las que ha sido tan fácil llevarla a las tablas. La novela comienza y termina en tercera persona: tanto para presentar el ambiente de la casa al principio como cuando entra el hijo a la habitación y Carmen le pide que saque el cadáver; pero la gran parte del texto es el monólogo de Carmen en primera persona: se trata de un fluir de conciencia en el que Mario hace de silencioso interlocutor, sin capacidad de réplica, aunque parece que estuviera vivo, y esto hace que el monólogo parezca un diálogo en algunas ocasiones. El lenguaje, por tanto, es muy coloquial, conversacional, y propio de esa época: por ejemplo, la protagonista habla de “rojos”, etc. Durante el soliloquio, Carmen está hojeando la biblia de Mario y esto da lugar a que cada capítulo comience con un versículo subrayado por Mario; cada uno de esos versículos desencadenará episodios en la memoria de Carmen.
Los temas fundamentales del libro son: 1.º La lucha de clases: esto se aprecia en la simpatía de Mario hacia las clases sociales de bajos recursos económicos, mientras que Carmen estaría en las antípodas, ya que ella ataca todo lo procedente de clases sociales inferiores; además de que a Carmen le importan muchísimo las apariencias. 2.º El maniqueísmo: para Carmen el mundo se divide en buenos y malos, está perfectamente delimitado, y lleno de prejuicios; todas sus amigas son buenas y los de Mario son malos. 3.º Las dos Españas: el conflicto entre la España conservadora y la progresista se ve reflejado en el matrimonio: ella representa a la primera, y Mario, la liberal; pero este choque de mentalidades no se limita al conflicto entre Carmen y su marido, sino también entre ella y sus hijos y los jóvenes de España, que según Carmen son todos “medio rojos” porque muestran opiniones opuestas a las establecidas. 4.º La memoria: muy común en la narrativa de esa época: es una memoria que ha tenido que borrar su pasado y esto genera graves conflictos en la protagonista, que, por ejemplo, acusa a Mario de infidelidad cuando al final descubrimos que lo ha sido ella; mediante el monólogo de Carmen recordando su vida con Mario podemos observar la problemática de recordar ciertas cosas. Y por último, 5.º, la incomunicación: observamos una vida compartida, pero falta de intimidad y entendimiento, llena de secretos que guardaban tanto Carmen como, quizá, Mario; también aparece tras la muerte de Mario, cuando Carmen le habla a su cadáver, pero éste obviamente no le puede responder.

miércoles, 12 de marzo de 2014

CONSTITUCIÓN ESPAÑOLA TÍTULO I. CAPITULO SEGUNDO. SECCIÓN 1ª. De los derechos fundamentales y de las libertades públicas
Artículo 18
1. Se garantiza el derecho al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen.
2. El domicilio es inviolable. Ninguna entrada o registro podrá hacerse en él sin consentimiento del titular o resolución judicial, salvo en caso de flagrante delito.
3. Se garantiza el secreto de las comunicaciones y, en especial, de las postales, telegráficas y telefónicas, salvo resolución judicial.
4. La ley limitará el uso de la informática para garantizar el honor y la intimidad personal y familiar de los ciudadanos y el pleno ejercicio de sus derechos.
Artículo 19
Los españoles tienen derecho a elegir libremente su residencia y a circular por el territorio nacional.
Asimismo, tienen derecho a entrar y salir libremente de España en los términos que la ley establezca. Este derecho no podrá ser limitado por motivos políticos o ideológicos.


TEMA: Promulgación/Exposición* de algunos derechos y libertades de la Constitución Española de 1978.

RESUMEN:  En el texto anterior encontramos la exposición de algunos de los derechos que deben regir la vida de los españoles, en concreto, el que garantiza —artículo 18— el derecho al honor y a la intimidad, y el que aborda —artículo 19— la libertad de residencia y de circulación por el territorio nacional.

* Quizá una de las cosas más interesantes de los textos constitucionales es que al mismo tiempo que promulgan algo (ver corchete abajo), lo exponen y publican para que lo sepa todo el mundo. Si a esto sumamos que la "autoridad" de la que se habla en la acepción de abajo somos todos, o es el pueblo (o lo que esto sea), pues hace de los textos constitucionales, al menos en potencia, unos escritos perlocutivos maravillosos y horizontales. Esta es la teoría; luego está que las constituciones se afianzan en el poder por tiempo indeterminado...

[Tercera acepción de PROMULGAR, Diccionario de la Real Academia: 3. tr. Derecho Publicar formalmente una ley u otra disposición de la autoridad, a fin de que sea cumplida y hecha cumplir como obligatoria.]

lunes, 10 de marzo de 2014

Texto humanístico

En la actualidad, todavía es frecuente oír hablar a ciertos psicólogos de la desigualdad mental de las razas humanas y de las clases sociales. Por de pronto, es preciso enfrentarse con algunos hechos innegables y tratar de interpretarlos. Así, por ejemplo, es cierto que la población negra de los Estados Unidos posee, como conjunto, un coeficiente intelectual inferior al de la población blanca, y también es igualmente cierto que las puntuaciones que los hijos de los obreros alcanzan en las pruebas de inteligencia son, en términos de promedios estadísticos, inferiores a las que consiguen en las mismas pruebas los hijos de empresarios, intelectuales y altos funcionarios
Estos datos son, sin duda, innegables, pero hay que interpretarlos. En realidad, tales datos no prueban lo que con ellos se pretende probar. Su valor es el mismo que tendrían unas estadísticas en que se demostrara que los hijos de las familias acomodadas, donde se come bien, están mejor nutridos que los hijos de familias pobres, donde se pasa hambre; las diferencias de peso entre unos y otros podrán ser tan dramáticas como se quiera, pero no probarán sino que unos comen bien mientras que otros pasan hambre.

Por de pronto hay que constatar que las llamadas pruebas de inteligencia no miden exclusivamente la capacidad intelectual innata de los individuos; son pruebas contaminadas por la cultura, en el sentido de que, además de la inteligencia "natural" miden también el nivel de conocimientos que el sujeto ha adquirido en virtud de su educación. Las llamadas pruebas de inteligencia pura no existen, entre otras cosas porque la inteligencia humana no es una capacidad vacía, sino una capacidad que se actualiza siempre en una cultura concreta. Por consiguiente, los niños que han recibido una educación inferior se hallan, como es natural, en inferioridad de condiciones para contestar a unas pruebas que presuponen unos conocimientos culturales.

Dadas tales condiciones, lo lógico para averiguar si en efecto, las razas "de color" o las "clases bajas" son mentalmente inferiores a la raza blanca y a las clases altas, debe consistir en algo más que la constatación de unas diferencias que obedecen a la diversidad de condiciones culturales
Efectivamente, se han hecho numerosos experimentos que ponen de manifiesto que en igualdad de condiciones educativas, las diferencias raciales y sociales son, por término medio, inexistente
La conclusión, por tanto, es evidente: el rendimiento intelectual de las distintas razas y clases sociales podrá variar a tenor de las circunstancias, pero la capacidad de todas ellas parece ser básicamente la misma, a despecho del color de la piel o del estrato social.
José Luis Pinillos. La mente humana

domingo, 2 de marzo de 2014

Los escritores y la muerte

Los últimos versos que yo te escribo

Una heterodoxa nómina de poetas y escritores no quisieron abandonar este mundo sin antes dejar su testamento literario en poemas a vuela pluma, notas de suicidio, epitafios ingeniosos, sentencias en el lecho de muerte, cartas de amor y diarios terminales

HENRIQUE MARIÑO Madrid 02/03/2014

Los poetas y escritores Juan Gelman, Antonio Machado, Alfonsina Storni y Hunter S. Thompson.

Los poetas y escritores Juan Gelman, Antonio Machado, Alfonsina Storni y Hunter S. Thompson.

El último verso de Antonio Machado aún resuena, 75 años después de su muerte, en el bolsillo de su gabán: Estos días azules y este sol de la infancia, una regresión a su niñez en aquel patio de Sevilla. El poeta andaluz, que dejó este mundo en el exilio de Colliure mientras las dos Españas se hundían hasta las rodillas en el fango de la contienda fratricida, también nos brindaría en Juan de Mairena la última queja de Valle-Inclán antes de morir: "Cuánto tarda esto".
Lo recuerda el crítico literario Iñaki Uriarte, quien ha hecho de sus Diarios, publicados por Pepitas de Calabaza, un ejercicio metaliterario trufado de citas de autores. En el anecdotario no abundan los últimos versos, ni las sentencias en el lecho de muerte, tampoco los epitafios, porque el escritor vasco desconfía de su autenticidad. "Me parecen grandilocuentes y, aunque pueda resultar gracioso­ o interesante saber qué dijeron, muchos fueron malinterpretados. Es el caso de Goethe". El poeta romántico alemán dijo aquello de "¡Luz, más luz!" antes de expirar en marzo de 1832 en Weimar. "Lo único que pedía era que alguien corriese la cortina de la ventana", ironiza Uriarte.
Concidió con Valle el novelista francés Honoré de Balzac, que asistió impaciente a la llegada de la guadaña en time-lapse: "Ocho horas con fiebre. ¡Me habría dado tiempo de escribir un libro!". Hubo quien lo logró, al menos en formato breve. Escritores de muerte premeditada que rubricaron su última voluntad en una nota o en la página de un diario. "Ni una palabra más, un gesto", firmó Cesare Pavese una semana antes de suicidarse en un hotel de Turín.
La urgencia del relato no tiene por qué estar reñida con su calidad. "Puede tener un valor literario extraordinario y, en el caso del escritor italiano, sus últimos folios estaban cargados de interés", explica el poeta Antonio Lucas, quien también elogia Mi suicidio, de Henri Roorda, más allá de su condición testimonial. "Por no hablar de los textos que, ya destruida, escribió Alejandra Pizarnik: son brutales". A la argentina le pudieron los barbitúricos.
Abundan las plumas que se dejaron llevar por la poética del suicidio. Aquejada de una enfermedad incurable, la argentina Alfonsina Storni envía al periódico La Nación el poema de despedida Voy a dormir, tal vez dedicado a su hijo Alejandro, y poco después se adentra para siempre en las aguas de La Perla. "Si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido". Era octubre de 1938, tres años antes de que Virginia Woolf fuese engullida por el río Ouse, cerca de su casa de Sussex. Deprimida, le dejó a su esposo unas líneas bellas ("No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo") y trágicas ("Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer").
Hunter S. Thompson acompañó el tiro que lo descerrajó en su rancho de Colorado en 2005 de una nota titulada La temporada de fútbol ha acabado, en la que se declaraba un viejo codicioso. "Estoy siempre insoportable. No soy divertido para nadie. Compórtate de acuerdo con tu avanzada edad. Relájate, no te va a doler". Mishima, nobleza obliga, había preferido hacerse el haraquiri tras una intentona de golpe de Estado para devolver el poder de Japón al emperador. No sin antes dejar un jisei no ku o poema de despedida. Aquella mañana de noviembre de 1970 también envió a su editor La corrupción de un ángel, última parte de la tetralogía El mar de la fertilidad, que sería editada póstumamente.
Otros lucharon hasta la sepultura, como Víctor Jara. Detenido y torturado, escribió su último poema, Somos cinco mil o Estadio Chile, en los días previos a su asesinato en la cancha de baloncesto que hoy lleva su nombre. Una placa recuerda las "diez mil manos menos" y el espanto que provocaba el rostro del fascismo en septiembre de 1973: "¡Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura!". Pancho Villa, en cambio, no supo siquiera qué decir cuando le tendieron una emboscada en 1923. "Es una anécdota curiosa, porque el revolucionario mexicano le pega un grito a un periodista para dejar unas últimas palabras: ¡Escriba usted que he dicho algo!", rememora Uriarte.
La certeza de la fatalidad también llevó al combativo Juan Gelman a entregar a Joaquín Sabina un testamento poético donde anticipa su muerte, según revelaría el cantante español. Verdad es, fechado en La Condesa el pasado octubre, sugería que el poeta argentino habitaba en la antesala de la leucemia. "Esqueleto saqueado, pronto / no estorbará tu vista ninguna veleidad. / Aguantarás el universo desnudo". Aquejado por el mismo mal, Charles Bukowski se compró un fax en 1994 por el que realizaría un único envío. Dieciocho días antes de su muerte en California, su editor leería, entre otros, un verso premonitorio: "Es demasiado tarde". Fin a 73 años de vida disoluta.
Claro que las atribuciones erróneas rondan muchas de estas composiciones. García Márquez y Galeano, felizmente vivos, no se libraron de que su firma fuese estampada en textos ajenos. Y Borges no escribió  "sé que me estoy muriendo" sino que podría haber sido el caricaturista estadounidense Don Herold. Así comenzaba Instantes: "Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores". Benedetti, en cambio, nunca se arriesgó a que sus versos se perdiesen en el olvido de un cajón y, hasta 2009, enviaba a su agente cada poema nada más terminarlo.
Tal vez las últimas palabras por excelencia sean las grabadas en una lápida. "El epitafio es el hashtag que resume una vida. El intento de sintetizar al fin y al cabo la existencia antes de que alguien escriba un texto que no tiene nada que ver contigo", concluye Antonio Lucas, Premio Loewe por Los desengaños. La nómina es extensa y, en ocasiones, equívoca, pues muchos fueron pronunciados en vida pero nunca figuraron en la tumba. Otras veces, se quedaron en meros deseos y peticiones. Al autor de A sangre fría le gustaba éste: "Truman Capote lamenta profundamente su desaparición física".