lunes, 10 de marzo de 2014

Texto humanístico

En la actualidad, todavía es frecuente oír hablar a ciertos psicólogos de la desigualdad mental de las razas humanas y de las clases sociales. Por de pronto, es preciso enfrentarse con algunos hechos innegables y tratar de interpretarlos. Así, por ejemplo, es cierto que la población negra de los Estados Unidos posee, como conjunto, un coeficiente intelectual inferior al de la población blanca, y también es igualmente cierto que las puntuaciones que los hijos de los obreros alcanzan en las pruebas de inteligencia son, en términos de promedios estadísticos, inferiores a las que consiguen en las mismas pruebas los hijos de empresarios, intelectuales y altos funcionarios
Estos datos son, sin duda, innegables, pero hay que interpretarlos. En realidad, tales datos no prueban lo que con ellos se pretende probar. Su valor es el mismo que tendrían unas estadísticas en que se demostrara que los hijos de las familias acomodadas, donde se come bien, están mejor nutridos que los hijos de familias pobres, donde se pasa hambre; las diferencias de peso entre unos y otros podrán ser tan dramáticas como se quiera, pero no probarán sino que unos comen bien mientras que otros pasan hambre.

Por de pronto hay que constatar que las llamadas pruebas de inteligencia no miden exclusivamente la capacidad intelectual innata de los individuos; son pruebas contaminadas por la cultura, en el sentido de que, además de la inteligencia "natural" miden también el nivel de conocimientos que el sujeto ha adquirido en virtud de su educación. Las llamadas pruebas de inteligencia pura no existen, entre otras cosas porque la inteligencia humana no es una capacidad vacía, sino una capacidad que se actualiza siempre en una cultura concreta. Por consiguiente, los niños que han recibido una educación inferior se hallan, como es natural, en inferioridad de condiciones para contestar a unas pruebas que presuponen unos conocimientos culturales.

Dadas tales condiciones, lo lógico para averiguar si en efecto, las razas "de color" o las "clases bajas" son mentalmente inferiores a la raza blanca y a las clases altas, debe consistir en algo más que la constatación de unas diferencias que obedecen a la diversidad de condiciones culturales
Efectivamente, se han hecho numerosos experimentos que ponen de manifiesto que en igualdad de condiciones educativas, las diferencias raciales y sociales son, por término medio, inexistente
La conclusión, por tanto, es evidente: el rendimiento intelectual de las distintas razas y clases sociales podrá variar a tenor de las circunstancias, pero la capacidad de todas ellas parece ser básicamente la misma, a despecho del color de la piel o del estrato social.
José Luis Pinillos. La mente humana

domingo, 2 de marzo de 2014

Los escritores y la muerte

Los últimos versos que yo te escribo

Una heterodoxa nómina de poetas y escritores no quisieron abandonar este mundo sin antes dejar su testamento literario en poemas a vuela pluma, notas de suicidio, epitafios ingeniosos, sentencias en el lecho de muerte, cartas de amor y diarios terminales

HENRIQUE MARIÑO Madrid 02/03/2014

Los poetas y escritores Juan Gelman, Antonio Machado, Alfonsina Storni y Hunter S. Thompson.

Los poetas y escritores Juan Gelman, Antonio Machado, Alfonsina Storni y Hunter S. Thompson.

El último verso de Antonio Machado aún resuena, 75 años después de su muerte, en el bolsillo de su gabán: Estos días azules y este sol de la infancia, una regresión a su niñez en aquel patio de Sevilla. El poeta andaluz, que dejó este mundo en el exilio de Colliure mientras las dos Españas se hundían hasta las rodillas en el fango de la contienda fratricida, también nos brindaría en Juan de Mairena la última queja de Valle-Inclán antes de morir: "Cuánto tarda esto".
Lo recuerda el crítico literario Iñaki Uriarte, quien ha hecho de sus Diarios, publicados por Pepitas de Calabaza, un ejercicio metaliterario trufado de citas de autores. En el anecdotario no abundan los últimos versos, ni las sentencias en el lecho de muerte, tampoco los epitafios, porque el escritor vasco desconfía de su autenticidad. "Me parecen grandilocuentes y, aunque pueda resultar gracioso­ o interesante saber qué dijeron, muchos fueron malinterpretados. Es el caso de Goethe". El poeta romántico alemán dijo aquello de "¡Luz, más luz!" antes de expirar en marzo de 1832 en Weimar. "Lo único que pedía era que alguien corriese la cortina de la ventana", ironiza Uriarte.
Concidió con Valle el novelista francés Honoré de Balzac, que asistió impaciente a la llegada de la guadaña en time-lapse: "Ocho horas con fiebre. ¡Me habría dado tiempo de escribir un libro!". Hubo quien lo logró, al menos en formato breve. Escritores de muerte premeditada que rubricaron su última voluntad en una nota o en la página de un diario. "Ni una palabra más, un gesto", firmó Cesare Pavese una semana antes de suicidarse en un hotel de Turín.
La urgencia del relato no tiene por qué estar reñida con su calidad. "Puede tener un valor literario extraordinario y, en el caso del escritor italiano, sus últimos folios estaban cargados de interés", explica el poeta Antonio Lucas, quien también elogia Mi suicidio, de Henri Roorda, más allá de su condición testimonial. "Por no hablar de los textos que, ya destruida, escribió Alejandra Pizarnik: son brutales". A la argentina le pudieron los barbitúricos.
Abundan las plumas que se dejaron llevar por la poética del suicidio. Aquejada de una enfermedad incurable, la argentina Alfonsina Storni envía al periódico La Nación el poema de despedida Voy a dormir, tal vez dedicado a su hijo Alejandro, y poco después se adentra para siempre en las aguas de La Perla. "Si él llama nuevamente por teléfono / le dices que no insista, que he salido". Era octubre de 1938, tres años antes de que Virginia Woolf fuese engullida por el río Ouse, cerca de su casa de Sussex. Deprimida, le dejó a su esposo unas líneas bellas ("No creo que dos personas pudieran ser más felices que lo que hemos sido tú y yo") y trágicas ("Así que hago lo que me parece lo mejor que puedo hacer").
Hunter S. Thompson acompañó el tiro que lo descerrajó en su rancho de Colorado en 2005 de una nota titulada La temporada de fútbol ha acabado, en la que se declaraba un viejo codicioso. "Estoy siempre insoportable. No soy divertido para nadie. Compórtate de acuerdo con tu avanzada edad. Relájate, no te va a doler". Mishima, nobleza obliga, había preferido hacerse el haraquiri tras una intentona de golpe de Estado para devolver el poder de Japón al emperador. No sin antes dejar un jisei no ku o poema de despedida. Aquella mañana de noviembre de 1970 también envió a su editor La corrupción de un ángel, última parte de la tetralogía El mar de la fertilidad, que sería editada póstumamente.
Otros lucharon hasta la sepultura, como Víctor Jara. Detenido y torturado, escribió su último poema, Somos cinco mil o Estadio Chile, en los días previos a su asesinato en la cancha de baloncesto que hoy lleva su nombre. Una placa recuerda las "diez mil manos menos" y el espanto que provocaba el rostro del fascismo en septiembre de 1973: "¡Cuánta humanidad con hambre, frío, pánico, dolor, presión moral, terror y locura!". Pancho Villa, en cambio, no supo siquiera qué decir cuando le tendieron una emboscada en 1923. "Es una anécdota curiosa, porque el revolucionario mexicano le pega un grito a un periodista para dejar unas últimas palabras: ¡Escriba usted que he dicho algo!", rememora Uriarte.
La certeza de la fatalidad también llevó al combativo Juan Gelman a entregar a Joaquín Sabina un testamento poético donde anticipa su muerte, según revelaría el cantante español. Verdad es, fechado en La Condesa el pasado octubre, sugería que el poeta argentino habitaba en la antesala de la leucemia. "Esqueleto saqueado, pronto / no estorbará tu vista ninguna veleidad. / Aguantarás el universo desnudo". Aquejado por el mismo mal, Charles Bukowski se compró un fax en 1994 por el que realizaría un único envío. Dieciocho días antes de su muerte en California, su editor leería, entre otros, un verso premonitorio: "Es demasiado tarde". Fin a 73 años de vida disoluta.
Claro que las atribuciones erróneas rondan muchas de estas composiciones. García Márquez y Galeano, felizmente vivos, no se libraron de que su firma fuese estampada en textos ajenos. Y Borges no escribió  "sé que me estoy muriendo" sino que podría haber sido el caricaturista estadounidense Don Herold. Así comenzaba Instantes: "Si pudiera vivir nuevamente mi vida, en la próxima trataría de cometer más errores". Benedetti, en cambio, nunca se arriesgó a que sus versos se perdiesen en el olvido de un cajón y, hasta 2009, enviaba a su agente cada poema nada más terminarlo.
Tal vez las últimas palabras por excelencia sean las grabadas en una lápida. "El epitafio es el hashtag que resume una vida. El intento de sintetizar al fin y al cabo la existencia antes de que alguien escriba un texto que no tiene nada que ver contigo", concluye Antonio Lucas, Premio Loewe por Los desengaños. La nómina es extensa y, en ocasiones, equívoca, pues muchos fueron pronunciados en vida pero nunca figuraron en la tumba. Otras veces, se quedaron en meros deseos y peticiones. Al autor de A sangre fría le gustaba éste: "Truman Capote lamenta profundamente su desaparición física".

miércoles, 26 de febrero de 2014

Ha muerto Paco de Lucía

Aquí un enlace a la noticia:
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/02/26/actualidad/1393402092_307878.html
Y a algunos de sus vídeos:
http://cultura.elpais.com/cultura/2014/02/26/actualidad/1393404782_621517.html

Para el texto argumentativo sobre OPERACIÓN PALACE

Contar mentiras

La mayor ridiculez estriba en sostener que no se puede bromear con el 23-F porque esa noche los españoles se jugaron las libertades. Precisamente el falso documental se caracteriza por carecer de límites


Más interesante que hablar del falso documental de Jordi Évole sobre la intentona de golpe del 23-F, sería hablar sobre las reacciones que ha generado. La urgencia opinativa, que es el elemento principal de las redes sociales, tiene la virtud de la inmediatez, pero el defecto de la irreflexión. Y una opinión, para ser útil, tendría que venir algo macerada. Las redes sociales son estupendas para transmitir situaciones, sucesos, pero no para analizar sus consecuencias. Gran parte de la indignación que provocó Operación Palace proviene de quienes se sintieron víctimas de un engaño. Con el tiempo, celebrarán la emisión, puesto que fueron sus espectadores ideales.
La mayor ridiculez estriba en sostener que no se puede bromear con el 23-F porque esa noche los españoles se jugaron las libertades. Precisamente el falso documental, como el chiste, son géneros que, te gusten o no, se caracterizan por carecer de límites. Quien les exige esos límites pervierte su función y se convierte en un censor. Se le puede reprochar al programa que no fuera más brillante en la elaboración de su mentira, que levantara un aparato de falsedad más indescifrable, pero sostener que Évole pierde para el futuro la credibilidad periodística es tan disparatado como acusar de malos padres a quienes cantamos aquel Vamos a contar mentiras, tralalá a nuestros hijos.
Al acabar el programa de Évole, Iker Jiménez dio voz en Cuatro a las habituales teorías conspirativas sobre el 23-F. Son legión quienes expresan sus reticencias con marchamo de periodismo serio, investigación profunda y análisis de señales tanto conscientes como subconscientes. Si alguien tiene ganas de tomarse en serio el 23-F debería indignarse por esa cantinela, habitual en cada aniversario del golpe, que crece y crece sin unos mínimos de rigor y bien lejos de la maravillosa salud mental que propone lo confesadamente falso. Sostener que José Luis Garci puso en escena el asalto al Parlamento en 1981 y que por ello fue premiado con el Oscar dos años después, y no en 1982 como sostiene Wikipedia en otro de sus miles de errores, es un guiño a la construcción de nuestro país, infinitamente más ambicioso que todas las reacciones airadas, las apropiaciones de la verdad y las versiones iluminadas que llevamos 33 años padeciendo.

domingo, 9 de febrero de 2014

Artículo sobre Antonio Machado en El País


Machado vive aún en Madrid
El poeta, muerto en el exilio hace 75 años, residió aquí más de 30 años, amó a Guiomar y escribió algunos de sus mejores versos
Rafael Fraguas Madrid 3 FEB 2014

Retrato de Antonio Machado en el café de Las Salesas. / Alfonso

Cuando se cumplen 75 años de la muerte en el exilio de Antonio Machado, Madrid, la ciudad donde el poeta sevillano viviera su adolescencia, su juventud e intensos periodos de su madurez, conserva la estela de su presencia en algunos hitos que evocan su memoria. Uno de ellos es el busto que le dedicara la Biblioteca Nacional, copia de una obra del escultor Pablo Serrano, que cabe contemplar hoy sobre una peana en el jardín del suntuoso edificio del paseo de Recoletos. Otro hito importante es el de la estación de metro que lleva su nombre en la línea 7, que conecta Pitis con San Fernando de Henares. Hoy mismo, medio centenar de poetas asentados en Madrid, desde Rafael Soler, Alberto Infante a Pablo Méndez, preparan un homenaje magno para el 22 de febrero, con arranque en Segovia, mientras en numerosos centros culturales, desde el Ateneo hasta la Unesco, se han programado recitales poéticos y conferencias para evocar su memoria.
Antonio Machado Ruiz había nacido en el palacio de las Dueñas de Sevilla en 1875, hijo de Ana Ruiz y de Antonio Machado Álvarez, librepensador, estudioso del folclore andaluz y amigo de los intelectuales Francisco Giner de los Ríos y del regeneracionista aragonés Joaquín Costa. En Sevilla, en un ambiente familiar de ideas progresistas, Antonio vivió una infancia feliz hasta el 8 de septiembre de1883, fecha del traslado a Madrid con su familia —cinco hermanos, tres chicos y dos chicas— paras instalarse en un piso de la calle de Claudio Coello, 16. El traslado acaecía después de que destinaran a su abuelo Antonio a una cátedra de Medicina de la Universidad Central de San Bernardo. Uno de sus primeros recuerdos de su adolescencia madrileña fue la asistencia del futuro poeta, junto a su padre, a un mitin pronunciado en el Retiro por Pablo Iglesias. «Parece que es verdad lo que ese hombre dice», escribiría Machado años después en La Vanguardia. Y añadía: «La voz de Pablo Iglesias tenía para mí la voz inconfundible —e indefinible— de la verdad humana». Ya de mozo, también en Madrid, surgió en el futuro poeta una afección por el teatro.
El joven dramaturgo, que colaboró en la hechura de algunas piezas teatrales junto con su hermano mayor y poeta, Manuel, fue alumno con él del Instituto San Isidro. Este histórico centro escolar madrileño, ya entonces tricentenario, conserva un bellísimo claustro barroco que aún cabe visitar en la calle de Toledo esquina a la de los Estudios y que Antonio Machado tantas veces recorriera. En él se hermanaría más allá del tiempo y del espacio con poetas y dramaturgos del Siglo de Oro como Lope de Vega, Francisco de Quevedo y Pedro Calderón de la Barca, que también cursaron enseñanzas en el viejo caserón que albergara el Colegio Imperial.
En la estela de Rubén Darío
Claustro del Instituto de San Isidro, donde dio clase Machado. / cristóbal manuel

El bachillerato del imberbe Antonio Machado, que proseguiría en el madrileño Instituto Cardenal Cisneros, en la calle de los Reyes, se vio interrumpido por la muerte de su padre, en 1893 y, tres años después, por la de su abuelo médico y catedrático tocayo suyo. Además de aquellos hechos, le alejó de los estudios un temprano viaje a París en 1899, junto a su hermano Manuel, si bien aquel periplo le permitiría conocer allí a Oscar Wilde, más adelante al poeta modernista nicaragüense, luego afincado en Madrid Rubén Darío, de gran influencia poética sobre su propia obra, y al escritor naturalista vasco Pío Baroja, en cuya casa madrileña de la calle de Ruiz de Alarcón, Machado, a su regreso a Madrid, le visitaría en ocasiones. No lejos de allí, en un palacete de la calle de Alfonso XII esquina a la de Juan de Mena, habitaría Rubén Darío durante alguna de sus largas estancias madrileñas como diplomático. Darío también residiría en la calle de Serrano, 23.
En el arranque del siglo XX, el cambio de domicilio de las familias de la clase media era extremadamente frecuente en Madrid. Así, los Machado y su numerosa prole —como han escrito los literatos José Montero Alonso y su hijo José Montero Padilla— vivieron en un plazo de dos décadas en numerosos domicilios distintos: entre otros, en las calles de Churruca, Fuencarral, Santa Engracia, Alcalá, 110 —número que ha desaparecido de la calle, que pasa del 108 al 114— y la inicial de Claudio Coello en el número 16, muy cerca del portal 25; precisamente en este edificio residieran tres décadas antes que los Machado Gustavo Adolfo Bécquer y, también, Emilia Pardo Bazán, así como en la aún conocida como calle Ancha de San Bernardo, donde se encontraba la Universidad Central en la que cursaría y culminaría la carrera de Filosofía.

Amistad con Lorca y Baroja, cartas con Unamuno
Fuente de los jardines de Moncloa donde Machado quedaba con su amada. / claudio Álvarez

Otro de los domicilios madrileños de Machado estaría en el arranque de la calle de General Arrando, en el número 4, donde figura una placa en su memoria; esta vía fue llamada tras la Guerra Civil y hasta la Transición, del General Goded, golpista alzado y se encuentra muy cerca de la plaza de Chamberí y no lejos de la calle de General Martínez Campos, donde tuvo su sede, hoy sustituida por un moderno edificio, la Institución Libre de Enseñanza. En dependencias de la Institución Antonio completaría sus estudios. De aquella época data su amistad con intelectuales como Federico García Lorca y la intensa correspondencia que mantuvo con Miguel de Unamuno.
Tras conocer en Soria a la jovencísima quinceañera Leonor Izquierdo y casarse con ella cuando él contaba 34 años, residen durante su luna de miel en la casa de Ana Ruiz, madre de Machado, en la Corredera Baja de San Pablo, 20. Previamente, el poeta frecuentaría numerosas tertulias de cafés como el llamado Fornos, en la calle de los Peligros, donde se hiciera famoso el perro Paco —que asistía a corridas de toros y a obras teatrales—. De igual modo, frecuentaba el café de Las Salesas, donde sería retratado por el renombrado fotógrafo Alfonso; también asistía o impartía conferencias en el Ateneo de la calle del Prado, que a la sazón bullía culturalmente entre una intensa e incesante actividad intelectual y política.
Calle de Corredera Baja de San Pablo, donde vivió Machado. / cristóbal manuel

Moncloa, un jardín para soñar
Sin embargo, el paraje con el que más se identificaría el poeta de cuantos en Madrid frecuentara fue el formado en torno a los jardines del palacio de La Moncloa, una antigua posesión del marqués del Carpio que databa del siglo XVII, enclavada sobre uno de los paisajes más amenos de cuantos la ciudad y sus alrededores poseen. Su enclave parece casar con el refinadísimo gusto del marqués, uno de los principales coleccionistas de arte de todos los tiempos. ¿Por qué Machado se identificó tanto con los jardines del palacio? Primero, porque entonces, 1932, eran jardines de aristócratas abiertos al público por las autoridades republicanas a los que la gente comenzaba a tener acceso. Y segundo, porque fue allí donde vivió las horas más intensas de su amorío con Pilar de Valderrama, la musa que bajo el nombre de Guiomar despejaría algunas de sus tribulaciones tras la muerte de la jovencísima Leonor Izquierdo Cuevas en Soria donde, como profesor de Francés, Machado había sido destinado. Fuentes, fuentecillas, pérgolas y vergeles de los jardines madrileños de La Moncloa dieron color y vida a aquel amor arrebatado hacia Guiomar, al que accedía Antonio desde otro de sus domicilios, en la avenida de la Reina Victoria, en Cuatro Caminos, donde tomaba un tranvía que hasta allí le llevaba.
Tras un destino en Baeza (Jaén) y otro muy fructífero en Segovia, que duraría 13 años, Antonio regresa a Madrid y en 1932 gana la cátedra de Francés en el Instituto Calderón de la Barca, entonces en el paseo de Areneros, hoy Alberto Aguilera, y en el Instituto Cervantes, con distintas secciones. En este instituto madrileño, donde Machado dio Francés, impartiría clases de Filosofía María Zambrano y de Dibujo, Daniel Vázquez Díaz.

Tertulias y cafés
Por las tertulias madrileñas, por los salones literarios y por los teatros y cines, estrechamente comprometido con la causa republicana, más si cabe cuando declinaba la posibilidad de victoria durante la guerra civil, desplegaría Antonio Machado su genio poético, bañado por la hermosura andaluza primero, herido luego por la sobria belleza castellana y por un amor siempre añorado, dolencias éstas que combatió con un verbo primero pinturero y modernista, al cabo íntimo y, a la postre, signado por el compromiso con la dolorida realidad social de la España de entonces.
Pese a haberse atrevido, como el enciclopedista Jean Jacques Rousseau, a “ser tildado de malo por haber osado creer que el ser humano es naturalmente bueno”, la saña ideológica del franquismo se cebaría con él: tras la Guerra Civil, Antonio Machado Ruiz, quizás el más alto poeta español contemporáneo, sería en 1939 expulsado post mortem de su cátedra madrileña. No sería rehabilitado en ella hasta 1981, ya en democracia.
Hoy, su cuerpo reposa exiliado en el cementerio de la localidad fronteriza francesa de Colliure, pero su nombre y su poesía —«honda palpitación del espíritu» la definió el antólogo José Montero— resuena en los frontis y los patios de escuelas madrileñas, donde su verbo sustantivo, bañado por la luz de los cielos altos de Castilla late aún en los corazones adolescentes.

viernes, 7 de febrero de 2014

Ejemplo de respuesta para la lectura crítica de LUCES DE BOHEMIA

Os transcribo una de las respuestas hecha por una de vuestras compañeras en el control de lectura del jueves pasado, para que veáis un ejemplo de cómo se puede realizar este ejercicio.

Luces de bohemia fue publicada por primera vez en 1920 en la revista España, y posteriormente en 1924 el autor introdujo tres escenas más y la editó en forma de libro. Valle-Inclán recoge técnicas y materiales modernistas y los combina para dar una visión muy crítica y desesperanzada de la España de entonces.
En cuanto a los personajes, algunos están inspirados en personas reales: por ejemplo, el protagonista Max está inspirado en Alejandro Sawa, un poeta que, al igual que su alter ego, muere ciego y pobre. Hay que destacar la aparición de Rubén Darío y del Marqués de Bradomín en el entierro de Max. Al primero se le llama "admirable" y, en mi opinión, el autor intenta crear un contraste entre un personaje real y modernista --el primero-- y otro tradicional y ficticio --el marqués--. Valle-Inclán extrae frases de otras obras clásicas, como por ejemplo en la escena II: "Mal Polonia recibe a un extranjero" de La vida es sueño de Calderón. O el diálogo que mantienen Rubén Darío, el Marqués y el sepulturero se asemeja al de Hamlet y el enterrador en la obra de Shakespeare. También el autor alude a hechos históricos, sobre todo referidos a la política y a lugares reales de Madrid, como el callejón del Gato, donde los espejos cóncavos deforman la realidad; es un reflejo real de lo que Valle quiere hacer con su obra.
Los personajes principales son Max Estrella y Don Latino de Hispalis, que a mi parecer se asemejan al ciego y a Lázaro de Tormes. Max, conocido como Mala Estrella, es un poeta ciego, pobre y lunático, que refleja la figura del bohemio. Don Latino es el lazarillo de Max: es un personaje cínico y desleal, o al menos así se nos muestra en la estafa de la librería o cuando abandona a Max moribundo y se lleva su cartera. Por otro lado, el autor nos muestra la personalidad contradictoria incluso en el protagonista cuando, aun considerando al ministro un canalla, acepta su dinero y ayuda. En mi opinión, es una forma de incrementar aún más la intención deformadora del ser humano. En Luces de bohemia aparecen un gran número de personajes (más de 50) que recuerdan a los de los sainetes madrileños. Valle los presenta animalizados y extravagantes, excepto a la madre del niño muerto y al preso anarquista, a quienes los trata con respeto.
La acción (la obra teatral se divide en quince escenas) transcurre en veinticuatro horas y sigue un orden circular: Max y Don Latino salen de la casa del ciego, recorren un tramo de Madrid, y regresan al portal donde Max muere; es como una bajada a los infiernos dantesca. El tema de la muerte está presente en la obra desde la escena I, con la invitación de Max al suicidio colectivo, y quizá anticipa el final trágico de Max y su familia. Se debe tener en cuenta el momento histórico que se vivía durante la época en que se escribe la obra, donde se sucedían numerosas revueltas sociales, manifestaciones y huelgas, además de la corrupción de los altos cargos y el periodismo comprado. Hay que destacar, sin duda, la escena del velatorio, ya que es donde más se refleja la técnica del esperpento y el humor negro, por la manera en que Soulinake se cerciora de la muerte de Max (la cerilla y el espejo; como si el milagro o la catalepsia todavía pudieran resucitar al mártir de la bohemia). 
Por último, las acotaciones llaman la atención por su cuidado estético, su estilo cinematográfico y por romper la unidad de tiempo de la obra, ya que a pesar de transcurrir en un día, evocan diferentes estaciones. Luces de bohemia se caracteriza por el empleo de numerosos registros lingüísticos (madrileñismos como "apoquinar" o "camelar", gitanismos como "lila" o "parné", etc.).
En mi opinión, el autor pretende marcar la distancia entre la sociedad y los bohemios; incomprendidos en esa época y de ahí que utilice la técnica del esperpento. El destino de los bohemios es trágico, están destinados al fracaso y a pesar de luchar por la libertad no consiguen más que el desastre (en este caso la muerte), incluso el título de la obra es algo irónico: "luces de bohemia". Los bohemios luchan por la libertad y la luz y solo consiguen sombras y fracaso.

jueves, 6 de febrero de 2014

Una anotación sobre la pregunta de los LIBROS DE LECTURA

Os escribo esta nota porque, leyendo los exámenes de Luces de bohemia, me he dado cuenta de que algunos/as no lo hacéis y es importante: Al empezar dicha pregunta, debéis señalar cuál es el libro que habéis leído de dicho periodo histórico, porque estas lecturas no son siempre las mismas y según el instituto varían. Como el corrector que os toque eso no lo sabe, es conveniente --por no decir obligatorio-- empezar citando el título y el autor del que vais a hablar. Generalmente, a lo largo de vuestra respuesta, se podrá deducir, pero es mejor que quede claro desde el principio.

Evidentemente, como yo no lo había avisado, este aspecto no descuenta nada en la evaluación que estoy haciendo de dichos exámenes (además yo sé perfectamente de qué libro estáis hablando), pero debéis tenerlo en cuenta para la PAU.

Alguna puntualización más sobre esta pregunta: conviene que habléis de varios aspectos y no solo de uno o dos. Por ejemplo, en el caso concreto de Luces de bohemia, muchos os extendéis demasiado en contar el argumento, la publicación o los personajes, y no habláis del estilo, del lenguaje o de la estructura. Es mejor tocar varios aspectos, aunque no los podáis desarrollar (por problemas de espacio), que centraros mucho en unos pocos. Debe notarse que abarcáis todo el conjunto y no solo algunas parcelas de la obra leída.

Y vuelvo a insistir en algo que sí que ya he dicho: poner ejemplos concretos, dar una verdadera opinión personal (¡vuestra!), relacionar la lectura con otras obras (no solo literarias) o con algún acontecimiento histórico, mejorará mucho vuestra respuesta.

Bueno, os deseo mucha suerte para mañana. Un saludo.